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domingo, 18 de octubre de 2015

UN POEMA DE YOLANDA PANTIN




Bosques

(...) entonces, invité a mis padres a almorzar en casa.

Celebraba que mis hijos habían regresado de viaje
y que había perdido un concurso literario.

Compré Aves del Paraíso, calas blancas

que coloqué en un viejo jarrón de la familia
contra la pared roja de la sala-comedor, recién pintada.

Preparé calamares en su tinta, porque recordé que cuando niña era un plato de grandes ocasiones

 –es tan laborioso, exige tanta paciencia.

Lo acompañé de arroz blanco al modo de Colombia
y de una ensalada de lechugas y manzanas

que improvisamos al momento con Jimena.

Puse sobre la mesa el mantel más vistoso que tenemos,
una carpeta marroquí (?) de tonos ocres,

y la vajilla heredada de mi pasado matrimonio.

Había una fuente con uvas y ciruelas,
las frutas favoritas de mi madre,

tan dulces, tan heladas.

En la mesa, ya sentados, los hijos y los nietos,
brindamos por los momentos que la vida de alegría ofrece.

Mi padre quiso decir unas palabras.

Cuando uno es joven y sueña,
desea grandes cosas,

Algunas se cumplen y otras no, la mayoría
son sólo sueños. Luego pasan los años,

lo escuchábamos hablar,

lo único que cuenta, si uno cuenta,
si uno vuelve la espalda y mira

lo que hemos dejado,

donde hubo bosques
y el mar que se veía,

para juntos celebrar este encuentro
que al final recordaremos

por encima del llanto
y la lección amarga.


Yolanda Pantin
(Del libro La épica del padre, 2002)





Yolanda Pantin es una poeta, narradora, ensayista y editora venezolana, nacida en la ciudad de Caracas en 1954. Estudio Letras en la Universidad Católica Andrés Bello, fue fundadora del grupo universitario “Rastros”, forma parte del taller literario “Calicanto”, dirigido por la prestigiosa escritora Antonia Palacios, del cual se separó para fundar con otros poetas el grupo Tráfico. Fue periodista cultural; primero del semanario “Número”, y luego coeditor de la revista “Qué Pasa”. Fundó con otros escritores el Fondo Editorial Pequeña Venecia, donde trabajó como coordinadora editora, también fue miembro del consejo rector del Fondo Editorial Pequeña Venecia y de la Editorial Luna Nueva de la Universidad Metropolitana de Caracas. Algunas de sus obras: Casa o Lobo (Monte Avila 1981). Correo del Corazón (Fundarte 1985). La Canción Fría (Angria 1989). El Cielo de París / Poemas del Escritor (Fundarte 2ª, edición 1991. Los Bajos Sentimientos (Monte Avila Editores Latinoamericana 1993. La Quietud (Pequeña Venecia 1998). Parte de su obra ha sido editada en francés, italiano, alemán e inglés. Ha recibido varios galardones y reconocimientos nacionales e internacionales, recientemente fue galardonada en conjunto con el autor mexicano Antonio Deltoro con premio Poetas del Mundo Latino Víctor Sandoval 2015 en su  XVII edición.


lunes, 13 de octubre de 2014

LO MEJOR DE RAYMA




“el caricaturista es lo único serio en materia de psicología plástica… No necesita humor e incluso puede hacer su trabajo disgustado… Cuando en su obra no hay risa, él es más verdadero, abnegado, humano y filósofo”. 

Andrés Eloy Blanco





Hace pocas semanas la caricaturista Rayma Suprani, quien durante 19 años trabajo en el diario El Universal fue despedida por los nuevos propietarios del periódico por incluir en sus trabajos, temas políticos incómodos para el gobierno de Nicolás Maduro, la excusa perfecta fue la caricatura publicada el miércoles 17 de septiembre, en la cual se ilustra la situación del sector salud en Venezuela, empleando la firma del fallecido expresidente Hugo Chávez, dicha caricatura, según la opinión de la nueva directiva del periódico fue ofensiva para un sector de la población venezolana. 

En la imagen dibujada por Rayma se ven dos electrocardiogramas, uno con la palabra salud y una línea con picos altos y bajos, y otra debajo que dice salud de Venezuela que comienza con la firma de Hugo Chávez y sigue con una línea plana.

No ha sido esta la primera vez y no será la última (como hemos podido ver en días recientes con el caricaturista EDO), que dibujos y dibujantes son condenados, satanizados, intimados y perseguidos. Goya, por ejemplo, fue blanco de objeciones y censuras; o Arcimboldo, cuando sus pinceles se atrevieron a pintar lo que los puristas consideraron formas grotescas o exageradas de expresar la realidad.

En Venezuela, la caricatura política ha provocado la ira de gobiernos y grupos intolerantes, ideológicamente próximos al fascismo, que no han vacilado en recurrir a la violencia para acallar a esos comunicadores que, con sus trazos, mucho saben expresar. Al respecto es pertinente recordar la paliza propinada a Leoncio Martínez, “Leo”, en 1937 por un grupo de jovenzuelos recalcitrantes fanáticos que equivocadamente decían actuar en nombre de la fe cristiana. 

Los caricaturistas no necesitan palabras para contagiar sus reparos a un determinado personaje o acto público. Pero lo que ocurrió en tiempos de María Castañas, hoy sucede de nuevo. Aquí y ahora. Con Rayma Suprani, refinada dibujante que, con encomiable economía verbal y seguras líneas, compone  ácidas, hermosas e irónicas viñetas que retratan nuestra realidad de un modo tan certero que reafirman la convicción (no por lugar común, inválida) de que  una imagen vale más que mil palabras y que la más compleja de las ideas puede entrar fácilmente por los ojos.


































Rayma Suprani Comunicadora social, Periodista, Caricaturista y Artista venezolana nacida el 22 de abril de 1969 en Caracas. A los 20 años de edad ingresó a la escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela. Trabajó en los diarios Economía Hoy y en el antiguo Diario de Caracas y durante 19 años en El Universal.

Los trazos de Suprani han sido reconocidos en diferentes ocasiones y por diversas organizaciones, colocando su trabajo en las alturas de la caricatura venezolana. En el 2005, obtuvo el premio a la mejor caricaturista de la Sociedad de Prensa Interamericana. En los últimos años ha desarrollado su vocación artística, en el 2012 realiza su primera exposición individual de su obra pictórica, no caricaturas, titulada “Frente al Espejo” en la Galería D’Museo del Centro de Arte de los Galpones en Caracas. Durante el 2014 ha participado en el proyecto “Los 4 fantásticos”, en la ExposiciónEl Perfume” en La Aliansa Francesa, en la Exposición “Rayma y Boligán” en el Centro Cultural Chacao, en la película "Fantassins de la Démocratie" de Stéphanie Valloatt, presentada en el Festival de Canes, formó parte de la exposición “Manifiesto Pais".

Rayma Suprani es una Comunicadora social volcada a la opinión a través de la caricatura. Se vale de un humor tan mordaz como inteligente, para retratar a diario un país en el cual todos de alguna manera nos vemos reflejados.


domingo, 20 de julio de 2014

ETERNIDAD Y ALEGRÍA - William Blake

POEMAS Y GRABADOS DE WILLIAM BLAKE



Eternidad

Quien a sí encadenare una alegría
malogrará la vida alada.
Pero quien la alegría besare en su aleteo
vive en el alba de la eternidad.





Alegría

"No poseo nombre:
pero nací hace dos días."
¿Cómo te llamaré?
"Soy feliz.
Me llamo alegría."
¡Que el dulce júbilo sea contigo!

¡Bonita alegría!
Dulce alegría, de apenas dos días,
te llamo dulce alegría:
así tú sonríes,
mientras yo canto.
¡Que el dulce júbilo sea contigo!



William Blake ( 1757 - 1827 ) Pintor, grabador y gran poeta místico que aunque permaneció desconocido en su tiempo, hoy es considerado como una “artista total” debido a la relación que tienen en su trabajo la pintura y la poesía. Su pintura, está basada en visiones fantásticas de rico simbolismo, con cierta influencia de Miguel Ángel. En 1783 publicó su primer libro de poesía, Esbozos poéticos. Blake fue un místico religioso que renegó de la enseñanza tradicional de las iglesias cristianas para inventar sus propias doctrinas y símbolos, que tomó de la mitología celta y clásica y de muchas otras fuentes. La mayoría de los libros de Blake no se publicaron en el sentido tradicional, sino que fueron impresos para comisiones especiales por coleccionistas privados o libreros de Londres. Como consecuencia, son obras extremadamente raras. Blake murió en 1827, en la pobreza y en relativa oscuridad, pero a mediados del siglo XX se había convertido, en palabras del Diccionario Oxford de Biografía Nacional, en «uno de los íconos culturales del mundo de habla inglesa.




jueves, 17 de julio de 2014

LA TRISTE HISTORIA DE UN POETA REVOLUCIONARIO




SERGUÉI ESENIN, EL ÚLTIMO POETA DE LA ALDEA

Una tarde antes de la Navidad de 1925 un sombrío viajero pedía alojamiento en el Hotel Angleterre de Leningrado. Durante tres días yace en su cuarto, sumido en estado de ebriedad. Termina por ahorcarse, no sin antes dejar escrito con su propia sangre un poema que termina diciendo: "Hasta pronto, amigo mío, sin gestos ni palabras, / no te entristezcas ni frunzas el ceño. / En esta vida el morir no es nuevo / y el vivir, por supuesto, no lo es". Quien se suicida a los treinta años de edad dejando como testamento estas líneas es Serguéi Esenin, considerado junto a Maiakovski y Boris Pasternak como el más importante de los poetas ruso–soviéticos, siendo los tres considerados como lo señala Sophie Laffitte: "figuras mitológicas contra el fondo apocalíptico de la Revolución".

La vida de Esenin se inicia como una especie de cuento de hadas. Nació en el centro mismo de Rusia, en la aldea de Konstantinovo, cerca de Riazán. Hijo de campesinos, sus padres lo habían destinado a ser preceptor primario, pero rehusó continuar sus estudios, para dedicarse a la poesía, para la cual desde su infancia había mostrado la más viva disposición. "Serguéi Esenin, más que un hombre es un órgano que ha creado la naturaleza exclusivamente para la poesía", dijo Máximo Gorki cuando lo conoció. Desde niño escuchaba a los poetas populares errantes y repetía sus canciones, a la vez que componía las propias. Se unía a los peregrinos para visitar las catedrales, admirar los íconos, haciendo una vida de vagabundo y nómade. "En el transcurso de uno de esos peregrinajes –cuenta Franz Hellens–, Esenin cantó sus poemas, a los peregrinos que esperaban el tren agrupados en una pequeña estación. Conmovió en tal forma a esas almas simples, que los hizo llorar; un viejo se salió del grupo, y aproximándose al poeta, tembloroso de alegría, desanudó el pañuelo que le servía de monedero y sacó de él cincuenta kopeks, toda su fortuna para el camino, que obligó a Esenin a aceptarlos".

El renombre del poeta campesino se extendió más allá de su aldea y un funcionario que lo tomó bajo su protección, lo llevó a leer sus versos ante los zares. "Seguirá la luna creciente o menguante / derramando sus remos por los lagos. / Y la Rus, como siempre vivirá, bailará y llorará botada en el camino". La Emperatriz halló que los versos eran "demasiado tristes". "Rusia es así" le contestó el poeta.

Esenin empieza a oír el llamado de la venidera Revolución, ese sordo fragor como de un mundo que se derrumba que escuchaba Blok mientras escribía Los 12 y entra a formar parte del grupo dirigido por Ivanov-Razumnik, ideólogo del "socialismo místico" proclamador que en "el socialismo el sufrimiento del mundo salva al hombre", al revés del cristianismo; y que Rusia es revolucionaria y orgánicamente socialista, en contraposición al Occidente burgués, individualista y ateo.

En Moscú, Esenin obtiene una fulminante popularidad, ya surge su fama de "camorrista y escandaloso", seduce a todos con su figura de joven de cabellos rubios y ojos azules. Poéticamente, encabeza el grupo de los Imaginistas, pero lo abandona prontamente y declara que "lo importante no es la imagen, sino el sentimiento poético del mundo". Su expresión poética proviene del sentimiento ancestral del campesino que ignora las comparaciones abstractas y para el cual todo objeto es definido en comparación con otro objeto. Así, para Esenin los sauces son ancianos, el sol una rueda, la aurora una gata que se lava en el tejado, la tierra una nodriza, la luna una miga o una oveja. Se puede decir de la poesía de Esenin lo que se dijo en su tiempo de la poesía de Francis Jammes: "que aparece como una muchacha desnuda en el rocío", rompiendo el aire enrarecido que había traído el simbolismo de Balmont y Merezhkovski a la poesía rusa. Parece no estar escrita con palabras, sino con surcos de arados, bosques, perros que ladran a la luna (Volodia Teitelboim en su ensayo Hombre y Hombre compara la poesía de Esenin con la de nuestro Juvencio Valle). La poesía de Esenin se singulariza por ser un intento de revivir la tierra natal y los días de infancia –esas hermanas gemelas– que constituyen el "paraíso perdido", en este caso el mundo campesino estable y ordenado. Mientras para Maiakovski era preciso escupir sobre el pasado y la poesía era un vehículo para transformar el mundo, Esenin –aunque desgarrado por contradicciones internas– fundamentalmente se volvía hacia un mundo pasado, al que presentía condenado a desaparecer, tal como en un poema en el cual describe un caballo que se esfuerza inútilmente por alcanzar una locomotora.

Al llegar la Revolución de Octubre, Esenin se pone de lado de los bolcheviques, escribe poemas revolucionarios y un largo poema "Inonia" ("Otra") en la cual –influido por el poeta Nicolai Kliúiev– expone su mesianismo campesino, según el cual la Revolución traerá a Rusia el reinado del mujik, el paraíso terrestre aldeano. Lo que halló expresión artística en la poesía de Esenin, dice el crítico Suren Gaisarian, "fue el sueño con el justo país del mujik, y en ese sueño se mezclaban caprichosamente los sentimientos y estados de ánimos más contradictorios. El secular apego a la tierra, la exaltación del atraso de la aldea y el miedo a la ciudad. El anhelo de acabar con la vieja vida y el desconocimiento de las auténticas vías de lucha, el temor a los cambios. El ingenuo carácter soñador y la animadversión a los señores. Plegarías, óleos sagrados y granujadas, golfería, sobre todo entre la juventud campesina. "Fuerzas ciclópeas y debilidad de espíritu, impotencia". La popularidad de Esenin se acentúa durante los tiempos de la Revolución, en los cuales en las ciudades la poesía oral o escrita es el género más apetecido hasta por los tranquilos burgueses, y desplaza a la prosa en plazas y cafés como lo describe Ilya Ehrenburg en sus Memorias. Pero la Revolución se desplaza política y económicamente en un sentido distinto al que esperaban Esenin y los poetas campesinos. "El comunismo es el poder soviético más la electricidad" decía Lenin. La Revolución ha sido fundamentalmente obra del proletariado industrial que dirigido por los bolcheviques empieza a hacer salir de su letargo al coloso ruso. "Edificación", "Cemento", "El torrente de hierro" son las obras de éxito, que la situación requiere. Aunque Esenin escribe poemas revolucionarios como "Anna Sniéguina", "Lenin", "Balada de los 26" empieza a acentuarse su desajuste con la realidad. Su poema dramático "Pugachov", biografía del héroe rebelde cosaco del siglo XVIII, en el fondo exaltación del individualismo anárquico, es mal acogido por la crítica. Esto aumenta su depresión, su afición a la bebida. Entretanto aparece en la URSS como un meteoro la bailarina Isadora Duncan, que se une en matrimonio con el poeta (1921) y lo lleva consigo, para darlo a conocer en el Occidente. Aparecen sus primeras antologías en Alemania y Francia. Pero Esenin que hasta se negaba a hablar en un idioma que no fuera el suyo, se sentía totalmente desambientado en el extranjero. "Occidente es el reino del dólar, del fox trot, de la espantosa pequeña burguesía, siempre vecina a la idiotez", escribía a su amigo Marienhof. Y añadía: "Aquí hasta los pájaros se posan sólo donde les está permitido". Después de numerosos incidentes y escándalos vuelve a su tierra, en donde siente acentuarse sus contradicciones interiores, por los cambios revolucionarios. En un poema expresa su deseo de "remangarse los pantalones y correr en pos del komsomol". Y en "De vuelta a la patria" exclama: "Yo veo / que más triste, más desolados parecen mi madre y mi abuelo / más alegre, y sonriente el rostro de mi hermana. / Para mí, sin duda / Lenin no es un ícono / pues yo conozco el mundo. / Pero amo mi hogar. / Y mi hermana comienza / abriendo como una biblia el Capital ventrudo / a hablarme de Marx y de Engels. / jamás, en ninguna estación / yo he leído, por cierto, esos libros...".

Llegan los años de la NEP, calificada por los críticos soviéticos como la "época más tenebrosa en la vida y la obra del poeta". Escribe Las tabernas de Moscú, en donde describe su vida de "hooligan", de desplazado social. La inadaptación, los fracasos sentimentales, la dipsomanía lo llevan al suicidio. "El pueblo ha perdido a su resonante guitarrero borrachín" escribió reprobatoriamente Maiakovski, el que se suicidaría cinco años más tarde "al estrellarse la barca del amor contra la vida".

En sus momentos de depresión Esenin consideraba que su poesía resultaría superflua en una nueva sociedad. Sin embargo, como le decía su amigo el pintor Rybikov, el triunfo del socialismo no significaba necesariamente que se terminaran los sauces y los atardeceres. Hoy día, Esenin es considerado uno de los grandes de la poesía soviética, sigue siendo uno de los favoritos del público, sus obras se editan en miles de ejemplares.

Al entregar por primera vez en habla castellana una antología de su obra poética, por supuesto nos enfrentamos a una tarea casi insuperable, como es costumbre decir en los traductores, máxime considerando que la poesía de Esenin está íntimamente ligada a una musicalidad de la palabra que necesariamente se pierde al vertirse a otro idioma. Sin embargo, confiamos en que "el espíritu que sopla donde puede" ha estado con nosotros y aunque sea en un espejo turbio, el lector encontrará la huella luminosa del "último poeta de la aldea". Por último, pensamos que no es una casualidad que, este libro aparezca en un momento crucial de la historia de nuestro país, en cierto modo semejante en el aspecto agrario al Octubre en el cual los campesinos esperaban oír "cantar el gallo rojo". Serguéi Esenin en los días que vivimos es un poeta nuestro, no lo dudamos.



Fuente: "Prologo" en Serguéi Esenin, La confesión de un granuja (Antología poética). Traducción directa del ruso de Gabriel Barra, versión poética de Gabriel Barra y Jorge Teillier. Editorial Universitaria, Santiago, 1973, pp. 9-14. Primera versión en El Siglo, Santiago (26.05.1963).



lunes, 31 de marzo de 2014

EL CÁNTARO ROTO - Octavio Paz



EL CANTARO ROTO

La mirada interior se despliega y un mundo de vértigo y llama nace bajo la frente del que sueña:
soles azules, verdes remolinos, picos de luz que abren astros como granadas,
tornasol solitario, ojo de oro girando en el centro de una explanada calcinada,
bosques de cristal de sonido, bosques de ecos y respuestas y ondas, diálogo de transparencias,
¡viento, galope de agua entre los muros interminables de una garganta de azabache,
caballo, cometa, cohete que se clava justo en el corazón de la noche, plumas, surtidores,
plumas, súbito florecer de las antorchas, velas, alas, invasión de lo blanco,
pájaros de las islas cantando bajo la frente del que sueña!
Abrí los ojos, los alcé hasta el cielo y vi cómo la noche se cubría de estrellas.
¡Islas vivas, brazaletes de islas llameantes, piedras ardiendo, respirando, racimos de piedras vivas,
cuánta fuente, qué claridades, qué cabelleras sobre una espalda obscura,
cuánto río allá arriba, y ese sonar remoto de agua junto al fuego, de luz contra la sombra!
Harpas, jardines de harpas.

Pero a mi lado no había nadie.
Sólo el llano: cactus, huizaches, piedras enormes que estallan bajo el sol.
No cantaba el grillo,
había un vago olor a cal y semillas quemadas,
las calles del poblado eran arroyos secos
y el aire se habría roto en mil pedazos si alguien hubiese gritado: ¿quién vive?
Cerros pelados, volcán frío, piedra y jadeo bajo tanto esplendor, sequía, sabor de polvo,
rumor de pies descalzos sobre el polvo, ¡y el pirú en medio del llano como un surtidor petrificado!

Dime, sequía, dime, tierra quemada, tierra de huesos remolidos, dime, luna agónica,
¿no hay agua,
hay sólo sangre, sólo hay polvo, sólo pisadas de pies desnudos sobre la espina,
sólo andrajos y comida de insectos y sopor bajo el mediodía impío como un cacique de oro?
¿No hay relinchos de caballos a la orilla del río, entre las grandes piedras redondas y relucientes,
en el remanso, bajo la luz verde de las hojas y los gritos de los hombres y las mujeres bañándose al alba?
El dios-maíz, el dios-flor, el dios-agua, el dios-sangre, la Virgen,
¿todos se han muerto, se han ido, cántaros rotos al borde de la fuente cegada?
¿Sólo está vivo el sapo,
sólo reluce y brilla en la noche de México el sapo verduzco,
sólo el cacique gordo de Cempoala es inmortal?

Tendido al pie del divino árbol de jade regado con sangre, mientras dos esclavos jóvenes lo abanican,
en los días de las grandes procesiones al frente del pueblo, apoyado en la cruz: arma y bastón,
en traje de batalla, el esculpido rostro de sílex aspirando como un incienso precioso el humo de los fusilamientos,
los fines de semana en su casa blindada junto al mar, al lado
de su querida cubierta de joyas de gas neón,
¿sólo el sapo es inmortal?

He aquí a la rabia verde y fría y a su cola de navajas y vidrio cortado,
he aquí al perro y a su aullido sarnoso,
al maguey taciturno, al nopal y al candelabro erizados, he aquí a la flor que sangra y hace sangrar,
la flor inexorable y tajante geometría como un delicado instrumento de tortura,
he aquí a la noche de dientes largos y mirada filosa, la noche que desuella con un pedernal invisible,
oye a los dientes chocar uno contra otro,
oye a los huesos machacando a los huesos,
al tambor de piel humana golpeando por el fémur,
al tambor del pecho golpeando por el talón rabioso,
al tam-tam de los tímpanos golpeados por el sol delirante,
he aquí al polvo que se levanta como un rey amarillo y todo lo descuaja y danza solitario y se derrumba
como un árbol al que de pronto se le han secado las raíces, como una torre que cae de un solo tajo,
he aquí al hombre que cae y se levanta y come polvo y se arrastra,
al insecto humano que perfora la piedra y perfora los siglos y carcome la luz,
he aquí a la piedra rota, al hombre roto, a la luz rota.

¿Abrir los ojos o cerrarlos, todo es igual?
Castillos interiores que incendia el pensamiento porque otro más puro se levante, sólo fulgor y llama,
semilla de la imagen que crece hasta ser árbol y hace estallar el cráneo,
palabra que busca unos labios que la digan,
sobre la antigua fuente humana cayeron grandes piedras,
hay siglos de piedras, años de losas, minutos espesores sobre la fuente humana.

Dime, sequía, piedra pulida por el tiempo sin dientes, por el hambre sin dientes,
polvo molido por dientes que son siglos, por siglos que son hambres,
dime, cántaro roto caído en el polvo, dime,
¿la luz nace frotando hueso contra hueso, hombre contra hombre, hambre contra hambre,
hasta que surja al fin la chispa, el grito, la palabra,
hasta que brote al fin el agua y crezca el árbol de anchas hojas de turquesa?

Hay que dormir con los ojos abiertos, hay que soñar con las manos,
soñemos sueños activos de río buscando su cauce, sueños de sol soñando sus mundos,
hay que soñar en voz alta, hay que cantar hasta que el canto eche raíces, tronco, ramas, pájaros, astros,
cantar hasta que el sueño engendre y brote del costado del dormido la espiga roja de la resurrección,
el agua de la mujer, el manantial para beber y mirarse y reconocerse y recobrarse,
el manantial para saberse hombre, el agua que habla a solas en la noche y nos llama con nuestro nombre,
el manantial de las palabras para decir yo, tú, él, nosotros, bajo el gran árbol viviente estatua de la lluvia,
para decir los pronombres hermosos y reconocernos y ser fieles a nuestros nombres
hay que soñar hacia atrás, hacia la fuente, hay que remar siglos arriba,
más allá de la infancia, más allá del comienzo, más allá de las aguas del bautismo,
echar abajo las paredes entre el hombre y el hombre, juntar de nuevo lo que fue separado,
vida y muerte no son mundos contrarios, somos un solo tallo con dos flores gemelas,
hay que desenterrar la palabra perdida, soñar hacia dentro y también hacia fuera,
descifrar el tatuaje de la noche y mirar cara a cara al mediodía y arrancarle su máscara,
bañarse en luz solar y comer los frutos nocturnos, deletrear la escritura del astro y la del río,
recordar lo que dicen la sangre y la marea, la tierra y el cuerpo, volver al punto de partida,
ni adentro ni afuera, ni arriba ni abajo, al cruce de caminos, adonde empiezan los caminos,
porque la luz canta con un rumor de agua, con un rumor de follaje canta el agua
y el alba está cargada de frutos, el día y la noche reconciliados fluyen como un río manso,
el día y la noche se acarician largamente como un hombre y una mujer enamorados,
como un solo río interminable bajo arcos de siglos fluyen las estaciones y los hombres,
hacia allá, al centro vivo del origen, más allá de fin y comienzo.

OCTAVIO PAZ
La estación violenta, 1958


    Octavio Paz Lozano fue un poeta, escritor, ensayista y diplomático mexicano, Premio Nobel de Literatura de 1990. Se le considera uno de los más influyentes escritores del siglo XX y uno de los grandes poetas hispanos de todos los tiempos.Nacio en tiempos de la Revolución Mexicana en Ciudad de México el 31 de marzo de 1914, y fallecido en la misma ciudad el 19 de abril de 1998. Dadas las actividades políticas del padre, que lo mantenían fuera de casa por largos períodos, su crianza estuvo a cargo de su madre, una tía y su abuelo paterno, novelista que influyó mucho en sus primeros contactos con la Literatura. Su variada vida profesional abarcó desde la participación en la Embajada de México en la India hasta la docencia en numerosas universidades estadounidenses. Su obra, influenciada desde temprano por poetas europeos de la talla de Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, comprende tanto denuncias de carácter social como análisis de naturaleza existencial.

    domingo, 5 de junio de 2011

    LA ABEJA HARAGANA - Horacio Quiroga

    Horacio Silvestre Quiroga Forteza (1878 – 1937), cuentista, dramaturgo y poeta uruguayo. Fue el maestro del cuento latinoamericano.  Seguidor de la escuela modernista fundada por Rubén Darío y obsesivo lector de Edgar Allan Poe y Guy de Maupassant, Quiroga se sintió atraído por temas que abarcaban los aspectos más extraños de la Naturaleza, a menudo teñidos de horror, enfermedad y sufrimiento para los seres humanos. Muchos de sus relatos pertenecen a esta corriente, cuya obra más emblemática es la colección Cuentos de amor, de locura y de muerte. 

    Por otra parte se percibe en Quiroga la influencia del británico Rudyard Kipling (Libro de las tierras vírgenes), que cristalizaría en su propio "Cuentos de la selva", delicioso ejercicio de fantasía dividido en varios relatos protagonizados por animales.

    La Abeja Haragana Horacio Quiroga


    Había una vez en una colmena una abeja que no quería trabajar, es decir, recorría los árboles uno por uno para tomar el jugo de las flores; pero en vez de conservarlo para convertirlo en miel, se lo tomaba del todo.
    Era, pues, una abeja haragana. Todas las mañanas, apenas el sol calentaba el aire, la abejita se asomaba a la puerta de la colmena, veía que hacía buen tiempo, se peinaba con las patas, como hacen las moscas, y echaba entonces a volar, muy contenta del lindo día. Zumbaba muerta de gusto de flor en flor, entraba en la colmena, volvía a salir, y así se lo pasaba todo el día mientras las otras abejas se mataban trabajando para llenar la colmena de miel, porque la miel es el alimento de las abejas recién nacidas.
    Como las abejas son muy serias, comenzaron a disgustarse con el proceder de la hermana haragana. En la puerta de las colmenas hay siempre unas cuantas abejas que están de guardia para cuidar que no entren bichos en la colmena. Estas abejas suelen ser muy viejas, con gran experiencia de la vida y tienen el lomo pelado porque han perdido todos los pelos de rozar contra la puerta de la colmena.
    Un día, pues, detuvieron a la abeja haragana cuando iba a entrar, diciéndole:
    —Compañera: es necesario que trabajes, porque todas las abejas debemos trabajar.
    La abejita contestó:
    —Yo ando todo el día volando, y me canso mucho.
    —No es cuestión de que te canses mucho —respondieron—, sino de que trabajes un poco. Es la primera advertencia que te hacemos.
    Y diciendo así la dejaron pasar.
    Pero la abeja haragana no se corregía. De modo que a la tarde siguiente las abejas que estaban de guardia le dijeron:
    —Hay que trabajar, hermana.
    Y ella respondió en seguida:
    —¡Uno de estos días lo voy a hacer!
    —No es cuestión de que lo hagas uno de estos días le respondieron— sino mañana mismo. Acuérdate de esto.
    Y la dejaron pasar.
    Al anochecer siguiente se repitió la misma cosa. Antes de que le dijeran nada, la abejita exclamó:
    —¡Sí, sí hermanas! ¡Ya me acuerdo de lo que he prometido!
    —No es cuestión de que te acuerdes de lo prometido —le respondieron—, sino de que trabajes. Hoy es 19 de abril. Pues bien: trata de que mañana, 20, hayas traído una gota siquiera de miel. Y ahora, pasa.
    Y diciendo esto, se apartaron para dejarla entrar.
    Pero el 20 de abril pasó en vano como todos los demás. Con la diferencia de que al caer el sol el tiempo se descompuso y comenzó a soplar un viento frío.
    La abejita haragana voló apresurada hacia su colmena, pensando en lo calentito que estaría allá dentro. Pero cuando quiso entrar, las abejas que estaban de guardia se lo impidieron.
    —¡No se entra!—le dijeron fríamente.
    —¡Yo quiero entrar! —clamó la abejita—. Esta es mi colmena.
    —Esta es la colmena de unas pobres abejas trabajadoras —le contestaron las otras—. No hay entrada para las haraganas.
    —¡Mañana sin falta voy a trabajar! —insistió la abejita.
    —No hay mañana para las que no trabajan —respondieron las abejas, que saben mucha filosofía.
    Y esto diciendo la empujaron afuera.
    La abejita, sin saber qué hacer, voló un rato aún; pero ya la noche caía y se veía apenas. Quiso cogerse de una hoja, y cayó al suelo. Tenía el cuerpo entumecido por el aire frío, y no podía volar más.
    Arrastrándose entonces por el suelo, trepando y bajando de los palitos y piedritas, que le parecían montañas, llegó a la puerta de la colmena, a tiempo que comenzaban a caer frías gotas de lluvia.
    —¡Ay, mi Dios! —clamó la desamparada—. Va a llover, y me voy a morir de frío.
    Y tentó entrar en la colmena.
    Pero de nuevo le cerraron el paso.
    —¡Perdón!—gimió la abeja—. ¡Déjenme entrar!
    —Ya es tarde—le respondieron.
    —¡Por favor, hermanas! ¡Tengo sueño!
    —Es más tarde aún.
    —¡Compañeras, por piedad! ¡Tengo frío!
    —Imposible.
    —¡Por última vez! ¡Me voy a morir! Entonces le dijeron:
    —No, no morirás. Aprenderás en una sola noche lo que es el descanso ganado con el trabajo. Vete.
    Y la echaron.
    Entonces, temblando de frío, con las alas mojadas y tropezando, la abeja se arrastró, se arrastró hasta que de pronto rodó por un agujero; cayó rodando, mejor dicho, al fondo de una caverna.
    Creyó que no iba a concluir nunca de bajar. Al fin llegó al fondo, y se halló bruscamente ante una víbora, una culebra verde de lomo color ladrillo, que la miraba enroscada y presta a lanzarse sobre ella.
    En verdad, aquella caverna era el hueco de un árbol que habían trasplantado hacía tiempo, y que la culebra había elegido de guarida.
    Las culebras comen abejas, que les gustan mucho. Por esto la abejita, al encontrarse ante su enemiga, murmuró cerrando los ojos:
    —¡Adiós mi vida! Esta es la última hora que yo veo la luz.
    Pero con gran sorpresa suya, la culebra no solamente no la devoró sino que le dijo:
    —¿Qué tal, abejita? No has de ser muy trabajadora para estar aquí a estas horas.
    Es cierto —murmuró la abejita—. No trabajo, y yo tengo la culpa.
    —Siendo así —agregó la culebra, burlona—, voy a quitar del mundo a un mal bicho como tú. Te voy a comer, abeja.
    La abeja, temblando, exclamó entonces:
    —¡No es justo eso, no es justo! No es justo que usted me coma porque es más fuerte que yo. Los hombres saben lo que es justicia.
    —¡Ah, ah! —exclamó la culebra, enroscándose ligero—. ¿Tú conoces bien a los hombres? ¿Tú crees que los hombres que les quitan la miel a ustedes, son más justos, grandísima tonta?
    —No, no es por eso que nos quitan la miel —respondió la abeja.
    —¿Y por qué, entonces?
    —Porque son más inteligentes.
    Así dijo la abejita. Pero la culebra se echó a reír, exclamando:
    —¡Bueno! Con justicia o sin ella, te voy a comer; apróntate.
    Y se echó atrás, para lanzarse sobre la abeja. Pero ésta exclamó:
    —Usted hace eso porque es menos inteligente que yo.
    —¿Yo menos inteligente que tú, mocosa?— se rió la culebra.
    —Así es— afirmó la abeja.
    —Pues bien— dijo la culebra—, vamos a verlo. Vamos a hacer dos pruebas. La que haga la prueba más rara, ésa gana. Si gano yo, te como.
    —¿Y si gano yo?— preguntó la abejita.
    —Si ganas tú —repuso su enemiga—, tienes el derecho de pasar la noche aquí, hasta que sea de día. ¿Te conviene?
    —Aceptado— contestó la abeja.
    La culebra se echó a reír de nuevo, porque se le había ocurrido una cosa que jamás podría hacer una abeja. Y he aquí lo que hizo:
    Salió un instante afuera, tan velozmente que la abeja no tuvo tiempo de nada. Y volvió trayendo una cápsula de semillas de eucalipto, de un eucalipto que estaba al lado de la colmena y que le daba sombra. Los muchachos hacen bailar como trompas esas cápsulas, y les llaman trompitos de eucalipto.
    —Esto es lo que voy a hacer —dijo la culebra—. ¡Fíjate bien, atención!
    Y arrollando vivamente la cola alrededor del trompito como un piolín la desenvolvió a toda velocidad, con tanta rapidez que el trompito quedó bailando y zumbando como un loco. La culebra reía, y con mucha razón, porque jamás una abeja ha hecho ni podrá hacer bailar a un trompito. Pero cuando el trompito, que se había quedado dormido zumbando, como les pasa a los trompos de naranjo, cayó por fin al suelo, la abeja dijo:
    —Esa prueba es muy linda, y yo nunca podré hacer eso.
    —Entonces, te como —exclamó la culebra.
    —¡Un momento! Yo no puedo hacer eso; pero hago una cosa que nadie hace.
    —¿Qué es eso?
    —Desaparecer.
    —¿Cómo? —exclamó la culebra, dando un salto de sorpresa—. ¿Desaparecer sin salir de aquí?
    —Sin salir de aquí.
    —¿Y sin esconderte en la tierra?
    —Sin esconderme en la tierra.
    —Pues bien, ¡hazlo! Y si no lo haces, te como en seguida —dijo la culebra.
    El caso es que mientras el trompito bailaba, la abeja había tenido tiempo de examinar la caverna y había visto una plantita que crecía allí. Era un arbustillo, casi un yuyito, con grandes hojas del tamaño de una moneda de dos centavos.
    La abeja se arrimó a la plantita, teniendo cuidado de no tocarla, y dijo así:
    —Ahora me toca a mí, señora Culebra. Me va a hacer el favor de darse vuelta, y contar hasta tres. Cuando diga "tres" búsqueme por todas partes, ¡ya no estaré más!
    Y así pasó, en efecto. La culebra dijo rápidamente: "uno..., dos..., tres", y se volvió y abrió la boca cuán grande era, de sorpresa: allí no había nadie. Miró arriba, abajo, a todos lados, recorrió los rincones, la plantita, tanteó todo con la lengua. Inútil: la abeja había desaparecido.
    La culebra comprendió entonces que si su prueba del trompito era muy buena, la prueba de la abeja era simplemente extraordinaria. ¿Qué se había hecho? ¿Dónde estaba?
    Una voz que apenas se oía —la voz de la abejita— salió del medio de la cueva.
    —¿No me vas a hacer nada? —dijo la voz—. ¿Puedo contar con tu juramento?
    —Sí —respondió la culebra—. Te lo juro. ¿Dónde estás?
    —Aquí —respondió la abejita, apareciendo súbitamente de entre una hoja cerrada de la plantita.
    ¿Qué había pasado? Una cosa muy sencilla: la plantita en cuestión era una sensitiva, muy común también en Buenos Aires, y que tiene la particularidad de que sus hojas se cierran al menor contacto. Solamente que esta aventura pasaba en Misiones, donde la vegetación es muy rica, y por lo tanto muy grandes las hojas de las sensitivas. De aquí que al contacto de la abeja, las hojas se cerraron, ocultando completamente al insecto.
    La inteligencia de la culebra no había alcanzado nunca a darse cuenta de este fenómeno; pero la abeja lo había observado, y se aprovechaba de él para salvar su vida. La culebra no dijo nada, pero quedó muy irritada con su derrota, tanto que la abeja pasó toda la noche recordando a su enemiga la promesa que había hecho de respetarla.
    Fue una noche larga, interminable, que las dos pasaron arrimadas contra la pared más alta de la caverna, porque la tormenta se había desencadenado, y el agua entraba como un río adentro.
    Hacía mucho frío, además, y adentro reinaba la oscuridad más completa. De cuando en cuando la culebra sentía impulsos de lanzarse sobre la abeja, y ésta creía entonces llegado el término de su vida.
    Nunca jamás, creyó la abejita que una noche podría ser tan fría, tan larga, tan horrible. Recordaba su vida anterior, durmiendo noche tras noche en la colmena, bien calentita, y lloraba entonces en silencio.
    Cuando llegó el día, y salió el sol, porque el tiempo se había compuesto, la abejita voló y lloró otra vez en silencio ante la puerta de la colmena hecha por el esfuerzo de la familia. Las abejas de guardia la dejaron pasar sin decirle nada, porque comprendieron que la que volvía no era la paseandera haragana, sino una abeja que había hecho en sólo una noche un duro aprendizaje de la vida.
    Así fue, en efecto. En adelante, ninguna como ella recogió tanto polen ni fabricó tanta miel. Y cuando el otoño llegó, y llegó también el término de sus días, tuvo aún tiempo de dar una última lección antes de morir a las jóvenes abejas que la rodeaban:
    —No es nuestra inteligencia, sino nuestro trabajo quien nos hace tan fuertes. Yo usé una sola vez mi inteligencia, y fue para salvar mi vida. No habría necesitado de ese esfuerzo, si hubiera trabajado como todas. Me he cansado tanto volando de aquí para allá, como trabajando. Lo que me faltaba era la noción del deber, que adquirí aquella noche. Trabajen, compañeras, pensando que el fin a que tienden nuestros esfuerzos —la felicidad de todos— es muy superior a la fatiga de cada uno. A esto los hombres llaman ideal, y tienen razón. No hay otra filosofía en la vida de un hombre y de una abeja.

    FIN