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martes, 1 de abril de 2014

SUPERVIVIENTES - Leonardo Padrón


Supervivientes

Si no hay harina, hacemos cachapas. Si no hay jabón de olor, usamos jabón Las Llaves. Si no hay papel higiénico, nos arreglamos con unos trapitos viejos”. Así le contestó Gladys, una mujer humilde a una joven profesora que se sentó a conversar con ella. Cuesta entender que alguien asuma el descalabro económico de su país con tanta resignación. El hombre es un animal de costumbre, se suele decir. El caso es que en el barrio de esa mujer, y en centenas, la precariedad es un modo de vida. Son los supervivientes históricos. Gente acostumbrada a la escasez como norma, a la violencia como paisaje, al futuro como una línea borrosa. El piso de la casa de Gladys es de tierra. En apenas 30 metros convive con cinco personas más. El traqueteo seco de las armas es la banda sonora de sus noches. Toparse con un cadáver en el ascenso al cerro es solo un signo ortográfico de su cotidianidad. Ella ha visto crecer a muchos de los integrantes de la banda armada más temible del barrio. Y soporta con estoicismo las colas de seis horas para comprar café y arroz. Gladys trabaja como personal de mantenimiento en una agencia de publicidad. Allí nadie le pregunta por su vida. Nunca. No saben si es casada, si tiene hijos, si le gusta la cerveza, si tiene lavadora o, al menos, luz eléctrica. No les interesa. Es solo una silueta que barre el piso y vacía las papeleras.

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“Mi jefe jamás se ha acercado a preguntarme cómo me siento”, le contó un vigilante a Pablo, un maestro de la Pastora, que gusta de indagar en la mente de los habitantes de las barriadas caraqueñas. Habló largamente de sus problemas. Diez minutos después le confesó: “la realidad es muy fea”. Pablo relata que la conversación se extendió por casi una hora. Al final, el guardián nocturno, sorprendido, le agradeció que lo escuchara. Nadie lo suele hacer.
Una prostituta del Barrio Los Postes le confió: “Si sigo con esta vida, en cinco años voy a estar destruida”. Hoy recibe una mensualidad del gobierno. Se logró ubicar en alguna misión. “Esos 3 mil Bs. me han salido muy caros, porque me obligan a ir a cada evento que arman. Pero algo es algo”. Quizás se ahorra un poco de asco, el manoseo de varios borrachos, dos días que llegará más temprano a su casa.
Tales anécdotas revelan la orfandad de los supervivientes de esta sociedad. Asoman un indicio de lo que significó la llegada de Chávez al poder. “El papá de los helados”, según la trabajadora sexual, los oyó, les dio una mano y una promesa de redención. Les dejó, en el hogar de cada uno, una palabra inflamable: esperanza. Hasta qué punto esa esperanza resultó defraudada es un tema que hoy todo el país debate con pugnacidad y sangre. El caso es que se forjó en millones de personas algo muy poderoso: lealtad.
Por eso, a pesar de pervertir la economía del país, agudizar la brecha ente “ellos” y “nosotros” hasta el odio, alentar el exilio masivo de familias y empresas, superar los índices de corrupción del pasado, imponer la bota militar y un rosario de desatinos que todos sabemos, todavía muchos venezolanos siguen retribuyendo la dádiva recibida. Saben que ya Chávez no está. Pero se aferran a su “legado”. Un legado que se derrumba gracias a la torpeza del heredero y su corte.
Pablo le preguntó a un obrero qué opinaba sobre los ricos: “Ellos están ahí para explotarnos. Si la revolución se acaba, yo me jodo”,  contestó, repitiendo el estribillo ideológico. La realidad es tan fea, que se ha quedado sin matices.
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Ese fue el tenor de algunos de los relatos que escuché la semana pasada. Era domingo, 11 am. El día y la hora ideal para prolongar la cama, retozar con las páginas de algún libro, reencontrarse con algo de sosiego dentro de tanta tribulación nacional. Sin embargo, muchos nos acercamos a una jornada de reflexión que un grupo de la sociedad civil organizada realizó en las instalaciones de Teatrex El Bosque. “Vamos a escucharnos”, así lo llamaron.
Allí suele funcionar un nuevo espacio para la escena teatral venezolana. Tiene pocos meses y, seguramente, la mayoría de los caraqueños aún lo desconoce. En cartelera debía estar un stand up comedy llamado “Cambiando de Tema”. Pero no es fácil hacer humor en estos días. Por eso decidieron, justamente, cambiar de tema. Y, junto con los directivos del teatro, procurar, no la risa dentro de la desgracia, sino la reflexión dentro de la crisis. La experiencia se ha repetido durante tres fines de semana.
Ese domingo había gente de perfil muy variado: profesionales, madres con sus hijos, una que otra figura pública, pero sobre todo, estudiantes. La sinopsis del evento era llamativa. Escuchar a personas cuya vida profesional se ha desarrollado en  zonas populares y han tenido gran interacción con las comunidades. Evaluar por qué no termina de llegar el mensaje de la oposición a muchas de esas áreas. Bobby Comedia, notable miembro de la nueva generación de humoristas, fungió de moderador. El micrófono que suele destinar para sus rutinas ese día ameritaba otro uso. Propuso las instrucciones de vuelo para la sesión: “Mente en blanco. Absorban todo. Dejen atrás paradigmas. Estamos acostumbrados a hablar. Es hora de escuchar al otro”. Escuchar, verbo que tantas veces olvidamos ejercer. Todo cambio profundo del país –sin duda- pasa por escuchar al otro. Valorarlo. Como bien rezaba la invitación: “No se trata de convencer al otro, sino de buscar puntos de encuentro”.
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Una joven académica contó la agonía de su madre en un hospital público. No había ni camilleros porque era fin de semana: “Usted sabe, la inseguridad”, alguien explicó. Le sugirieron que comprara a los buhoneros vasos con hielo, a 5 Bs. cada uno. “¿Vasos con hielo? ¿Para qué?”. La respuesta le descolocó la quijada: “Para trasladar los exámenes que necesitan refrigeración”. En la noche, preguntó por un baño. Le señalaron un lugar, un tanto retirado, y la previnieron: “Después de las 9 de la noche, en esos baños roban y violan”. Le apuntaron, entonces, la metodología en uso: “Los buhoneros también venden perolitos de mantequilla vacíos. Cómprelos. Ahí puede hacer pipí”. La crisis de los hospitales comporta un panorama patético, humillante, que ni “el papá de los helados”, ni su heredero, han tenido la disposición de resolver. Los supervivientes siguen allí, con su perolito en la mano y su susto en el ánimo. Hay lealtades incomprensibles.
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Uno de los saldos más notorios de esa mañana en Teatrex El Bosque fue terminar de entender que hay que derrumbar la gigantesca pared que nos divide. La unión del país pasa por conectarnos con ese otro venezolano que no terminamos de conocer. Aquí todo el mundo tiene razones para protestar, pero no necesariamente son las mismas. La falta de papel para la prensa y la falta de papel para nuestros intestinos tienen resonancias distintas. No todas las Gladys se resignarán a un puñado de trapitos viejos, pero sí pueden sobrevivir sin leer las noticias. Hay un Muro de Berlín semántico que el gobierno ha sabido robustecer. Resulta que “ellos” y “nosotros” tenemos la misma bandera en nuestras gorras, los mismos paisajes y la misma música en nuestro imaginario. En las clases de geografía queda claro que somos un solo país. Nos une haber sido víctimas de distintas pandillas que han usufructuado el poder para disponer de ese monumental botín que es Venezuela. “Ellos” y “nosotros” nos merecemos un destino  que no sea el odio, y mucho menos, la guerra.
Al final de la jornada, Bobby Comedia lo resumió todo en una frase: “Según el CNE somos la mitad del país. Si cada uno de “nosotros” conecta con uno, el “nosotros” será el país entero”. ¿Acaso hay otra opción?
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-Papá, anoche tuve una pesadilla.
-¿Qué soñaste, mi amor?
-Que estaba en el transporte del colegio y había una manada de militares tan grande como una marcha de la oposición. Entonces el transporte tuvo que esquivar todos los carros para que no nos atacaran.
-¿Y luego qué pasó?
-Nada, ahí terminó.
Me inquietan esas pesadillas de mi hija. No deseo que sus ojos teman a ningún hombre de uniforme. No quiero “manadas de militares” en el lenguaje de sus sueños.
Al día siguiente, una compañera de clases, con sus 12 años en pánico, le contó de la bomba lacrimógena que cayó en la jardinera de su apartamento. La represión se trepa en los balcones de los niños.
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¿Qué va a quedar de nosotros después que todo pase? Hemos invocado cien veces el nombre de Adriana Urquiola, asesinada junto con el hijo que esperaba nacer. ¿Hemos pensando en la familia de Miguel Antonio Parra, el sargento de la GNB que murió asesinado por un disparo en Mérida el lunes pasado? ¿Estamos cayendo en el mismo siniestro juego de sólo llorar a los muertos que nos convienen? Eso que llaman “el lado correcto de la historia” no es una línea recta, ni una sola calzada, es un amasijo de intersecciones, desvíos y rutas confusas. Es un lugar harto complejo. El lado correcto incluye también voltear hacia todos lados y reconocernos donde estemos.
No dejo de preguntarme cómo van por la vida los distintos asesinos de estudiantes, guardias nacionales y transeúntes caídos desde el 12 de febrero. ¿Eran ya homicidas? ¿Están acostumbrados a matar? ¿Qué los hizo así? Me niego a aceptar que el país asuma la cultura de la muerte sin resistirse.  Quiero creer en lo que le escuche a un ponente ese domingo: “Venezuela siempre vale la pena”.
Por eso deseo subrayar que hay algo conmovedor en lo que nos está pasando: la abundancia de gente que no se deja vencer por la desesperanza. Gente que prefiere apostar a la reconstrucción del país sin esa vergonzosa pared que nos divide. Gente que organiza foros de reflexión, reuniones en su comunidad, gente que escribe canciones, que arma videos, que lanza campañas, que inventa lemas. Gente sin extremos en su verbo. Gente sin guerra en su paz.
Al final de este doloroso capítulo todas las cruces de muerte estarán hundidas en tierra común. El cementerio de nuestro desencuentro no puede seguir creciendo. Basta. No podemos seguir siendo un país de supervivientes.

Leonardo Padrón




Fuente: http://leonardopadron.com/supervivientes

miércoles, 10 de abril de 2013

SE BUSCA UN PAÍS - Leonardo Padrón


Debo confesar que estoy agotado. El país se me ha vuelto un insomnio. No puedo iniciar estas líneas de otra manera. La primera persona del singular es el lugar donde comienza, para todos, el país que somos. El país ocurre primero en el desayuno que nos llevamos a la boca. En las noticias que te emboscan los buenos días. En el hueco que tu carro descubre camino al trabajo. Confieso que mi cédula de identidad me tiene exhausto. Venezuela se ha convertido en una experiencia límite. Pero más me perturbaría cultivar la indiferencia o, peor aún, aplaudir el desatino monumental que vamos siendo. Decía Marguerite Yourcenar que el verdadero lugar de nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente.

Hoy los venezolanos tenemos un país extraño y drásticamente superior a nuestro asombro. La tranquilidad nos quitó el habla. Deambular entre los titulares es respirar tizne y desaliento. Hoy todos estamos salpicados por esa nación áspera que habla con estridencia y nos empuja, pendencieramente, el hombro. Somos una eterna cuenta regresiva. Cada quincena nos jugamos el destino. Necesitamos con urgencia una cierta dosis de aburrimiento. Pero más apremiante aún es conseguir el país que no termina de aparecer. Quizás es el rasgo más común que tienen entre sí un habitante de Chivacoa, El Supí, Manzanillo, Agua Salud o El Cafetal: todos buscamos esa esquiva palabra llamada bienestar. O elijamos otra, una instancia de arranque: sosiego. Que ocurra el sosiego.

En la red social Twitter no siempre triunfan los insultos. Alguien escribió en estos días: “La esperanza también es un talento”. Se me antoja que es una frase poderosa y certera. Para no claudicar uno debe emplearse a fondo. Es la tarea, quizás la primera, de todos los que habitan este mapa proceloso: ejercer activamente nuestro talento para la esperanza.

En definitiva, andamos buscando un país donde la decencia se convierta en rutina. Donde mi diferencia sea el vínculo con la tuya. Donde sea moralmente inadmisible el escarnio. Aquí todos estamos agotados de tanto desencuentro, tanta agresión mutua, tanto reventarnos la madre en el idioma. La calle es un desafinado coro de rencor. Las amistades crujen a pedazos. Los gremios se fragmentan. Padecemos los síntomas de un virus llamado odio. Es imperativo conseguir la bisagra que nos regrese a una cordial topografía de múltiples registros. Por eso, en estos días feroces hay que ponerse el mapa encima. En estos días toca revisar lo que somos y lo que hemos dejado de ser.

¿Qué es hoy un escritor en Venezuela? ¿Por qué amenazan el trazo de un dibujante? ¿A quién asusta tanto el humor? ¿Cómo duerme un dramaturgo al que le han quitado la sede? ¿Cuántos insultos por minuto tolera un periodista? ¿Quién oye la voz de los pensadores?
Ezra Pound decía que los artistas son las antenas de la raza. Sabemos que la única doctrina de un artista es la libertad. Tiene la costumbre de volar varias veces al día. No sabe de genuflexiones. No ofrenda lisonjas al poder. Está diseñado estructuralmente para disentir, criticar, proponer. No busca fuegos fatuos. El artista es el moscardón de la realidad. La agitación y la irreverencia. El artista no quiere ser gobierno, prefiere ser conciencia y reclamo.

En estos días, cuando la crispación inunda los escritorios, las palabras, los dientes, las miradas, los confines del Metro, el alumbrado público, la histeria y la historia, el artista no puede, no debe, no sabe quedarse callado. El artista dice basta, existo, incomodo, tres veces grito. Hace teatro y revuelve. Escribe un poema y golpea. Pinta un lienzo y convoca. Se cuelga una guitarra y abunda. El artista imagina, explora, denuncia, testimonia. El artista es el revés de la mordaza. Te advertimos, poder: No le exijas mansedumbre.

Yo estoy harto de recibir insultos telefónicos y amenazas de muerte al filo de la madrugada. No me cabe una ofensa más en el oído. No sé callarme la boca, no nací para plegarme al miedo, no quiero cambiar de código postal. Si digo “no estoy de acuerdo”, recibo a cambio una pedrada en mi vida personal. Si escribo “difiero”, dibujan una cruz en mi frente.

Venezuela se ha convertido en una melancólica pera de boxeo. Todos dicen venerarla, mientras la golpean sin pausa. Porque cuando excluyes al que no piensa como tú, estás golpeando al país. Cuando chillas amenazas, cuando exiges devoción acrítica, cuando vociferas un solo color, estás golpeando al país policromático que posee voz propia. No deseamos gobernantes cuya premisa sea pulverizar, agraviar, satanizar al contrario. El pueblo no son ocho millones de votantes, ni seis millones y medio. El pueblo no es sólo aritmética electoral. A fin de cuentas, hoy vivimos en una comarca donde la muerte tiene más rating que la vida.

El arte, con todos sus rostros, tiene a Venezuela en la punta de sus angustias. Decía Unamuno que la cultura se conquista. Una tarea imperiosa ante un país que se nos rompió en las manos. La zanja que nos divide se hace cada vez mayor. Ya basta. Es suficiente. Paremos. La crisis moral nos ha estallado en la cara. Nos está quedando torcido el dibujo. Necesitamos resetear el país.
Y que lo entienda de una buena vez el poder: nunca nos quedaremos callados cuando las cosas marchen mal. Así mañana el poder se llame Henrique Capriles Radonski.

Sólo aspiramos pluralidad, bienestar, conciliación. Ese es el punto crucial. Se busca un país que nos contenga a todos. Que sea norte y futuro, no fractura y violencia. Un país que tenga 28 millones de abonados para el mismo juego. Una patria cuya mejor ideología sea la mano extendida. Se busca un país. Múltiple y unido. Un caleidoscopio de un solo nombre. El detalle es que sólo entre todos podemos conseguirlo. La indolencia, señores, ha llegado a su fecha de vencimiento.

LEONARDO PADRÓN