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domingo, 6 de septiembre de 2026

SER

 
 
“SER”
Soy porque existo.
Existo, porque soy quien soy.
Sólo en el mundo de los sueños,
una persona es feliz,
pues de ahí nacen los verdaderos deseos.
Nacemos cuando podemos
imaginar nuestro mundo,
morimos cuando perdemos
el derecho a soñar.
 
@gantillano


lunes, 10 de agosto de 2026

LAS CUATRO LEYES DE LA ESPIRITUALIDAD





1
"La persona que llega es la persona correcta"



Nadie llega a nuestras vidas por casualidad, todas las personas que nos rodean, que interactúan con nosotros, están allí por algo, para hacernos aprender y avanzar en cada situación.









2
“Lo que sucede es la única cosa que podía haber sucedido”



Nada, pero nada, absolutamente nada de lo que nos sucede en nuestras vidas podría haber sido de otra manera. Ni siquiera el detalle más insignificante. No existe el: "si hubiera hecho tal cosa hubiera sucedido tal otra...". No. Lo que pasó fue lo único que pudo haber pasado, y tuvo que haber sido así para que aprendamos esa lección y sigamos adelante. Todas y cada una de las situaciones que nos suceden en nuestras vidas son perfectas, aunque nuestra mente y nuestro ego se resistan y no quieran aceptarlo.






3

“En cualquier momento que comience es el momento correcto” 


Todo comienza en el momento indicado, ni antes, ni después. Cuando estamos preparados para que algo nuevo empiece en nuestras vidas, es allí cuando comenzará.






4
“Cuando algo termina, termina”



Simplemente así. Si algo terminó en nuestras vidas, es para nuestra evolución, por lo tanto es mejor dejarlo, seguir adelante y avanzar ya enriquecidos con esa experiencia.








Creo que no es casual que estén leyendo esto, si este texto llegó a nuestras vidas hoy; es porque estamos preparados para entender que “..ninguna gota de lluvia cae alguna vez en el lugar equivocado".

"Llega un momento en tu vida, cuando te alejas de todo el drama y de las personas que lo crean.Te rodeas de gente que te hace reír.

Olvidas lo malo y te centras en lo bueno. Amas a gente que te trata bien y oras por los que no lo hacen.

La vida es demasiado corta para ser otra cosa que feliz.

Caer es parte de la vida, ponerse de pie nuevamente es vivir."






domingo, 5 de julio de 2020

PARA UN PAÍS SIN MEMORIA






Han transcurrido 209 años de aquel 5 de julio de 1811 y hoy nos encontramos en uno de los momentos más trágicos y dolorosos de nuestra historia republicana. Es profundamente vergonzoso y doloroso decir que conmemoramos la firma del Acta de la Independencia cuando la ignorancia, el oportunismo y la traición nos alejan que aquel ideal libertario.

Aquí les dejo para la reflexión el discurso de orden pronunciado por el Doctor Jorge Olavarría  ante el Congreso Nacional, el 5 de julio de 1999, hace ya 21 años, con motivo de la conmemoración de los 188 años de la Declaración de Independencia. 





“Señor Presidente Constitucional de la República. Señores Presidente y Vicepresidente del Congreso Nacional. Señores Representantes de los Poderes constitucionales de la República. Excelentísimo señor Nuncio de su Santidad, Decano del cuerpo diplomático y Excelentísimos señores Embajadores y Honorables Encargados de las misiones diplomáticas aquí presentes. Señoras y señores.

Esta solemne celebración, la última del siglo, coincide con una hora menguada de la patria. Es una hora triste, tensa y bochornosa. Preñada de peligros y de amenazas para los que queremos vivir en libertad y democracia, bajo el imperio de la ley.

No es hora de historias pasadas. La historia se está haciendo aquí y ahora. Es la circunstancia la que nos exige seguir el ejemplo de los próceres que firmaron la declaración de la independencia. De los que fundaron las bases y sentaron los principios de un Estado Constitucional en el cual la ley respetase la virtud y el honor, como lo cantaba una cancioncilla que andaba por las calles de la Caracas de aquellos días. Es la hora de hacer verdad el himno que hoy cantamos. Es la hora de hacer como ellos. No de hablar de ellos. Porque si no, seguiremos cantando que el vil egoísmo, otra vez triunfó.

Con el recuerdo de las heroicidades de los libertadores no vamos a exculpar las cobardías de hoy. Así no aprenderemos las lecciones que, con el sacrificio de sus vidas, nos dieron quienes firmaron el Acta que acaba de ser leída. Con esa retórica, apenas lograríamos anestesiarnos el dolor de las verdades que hoy nos abochornan y que nos han traído donde estamos. Por ese camino no nos vamos a encontrar jamás con nosotros mismos.

Los hechos de hoy plantean ante la conciencia moral de los venezolanos de hoy la obligación de hacer algo por lo que hoy amenaza la esperanza de cambiar lo que hay que cambiar, pueden hacer y van a hacer retroceder a Venezuela a un ayer, cuyos atavismos de violencia están latentes, y sólo falta alguien que los despierte. Y alguien los está despertando.

Mañana nadie podrá declararse eximido de responsabilidad, si hoy cada quien no asume la responsabilidad que le corresponde. Sin egoísmos. Sin cobardías.
Para las revoluciones que están revolucionando al mundo de hoy, la retórica heroica de las revoluciones de ayer, de poco vale. Esa retórica heroica no nos hace más ricos, ni más sabios, ni mejores ciudadanos. No nos consuela de lo que somos, con el recuerdo de lo que fuimos. Lo que ellos hicieron ayer, no nos exime de lo que nosotros, aquí y ahora, debemos hacer hoy.

La valentía que vale en el mundo del siglo XXI, no es la valentía del asaltante temerario. Es la valentía del saber, la valentía del trabajo, la valentía del dominio de una tecnología que ha cambiado al mundo en los últimos años, más que todos los cambios del milenio que concluye y que va a cambiar la dinámica política de las sociedades humanas a extremos que la imaginación no alcanza a imaginar.
Esa debe ser la valentía de los venezolanos que tienen que ser valientes en el siglo XXI.

Para ellos, los venezolanos que hoy y ahora tenemos alguna responsabilidad, debemos tener, hoy y ahora, el valor y la decisión que se necesitan para enfrentarse a la orgía de insensatez demencial que nos empuja hacia atrás. Que nos lleva a desandar caminos andados. Que nos induce a repetir errores cometidos.
Si los venezolanos nos dejamos alucinar por un demagogo dotado del talento de despertar odios y atizar atavismos de violencias, con un discurso embriagador de denuncia de corruptelas presentes y heroicidades pasadas, el año entrante Venezuela no entrará en el siglo XXI. Se quedará rezagada en lo peor del siglo XX. O retornará a lo peor del siglo XIX.

El desprecio que el señor Presidente manifiesta por una Constitución que le otorga legitimidad a su mandato, pero que él sentenció a prematura muerte, no nos aclara los términos de la Constitución de sus verdaderas intenciones con la cual propone reemplazarla.

Por lo pronto, está claro que nadie puede ignorar las repetidas amenazas que el señor Presidente ha proferido en contra del Congreso; de la Corte Suprema de Justicia y sus Magistrados; del Fiscal y del Contralor de la República, del Consejo Nacional Electoral y de las Fuerzas Armadas. Ni un sólo Poder Constitucional ha sido eximido de sus amenazas. Ni uno solo.

Y no es que la imagen que el país tiene de estos poderes sea inmerecida. No. Si hemos llegado a una situación en la cual estas amenazas se profieren sin que el país se ponga de pie para protestarlo, es por algo.

Pero estas no son las amenazas de un reformador de lo que se niega tercamente a ser reformado. Son los anuncios de un destructor.

El señor Presidente amenazó a la Corte Suprema de Justicia con lanzar a sus seguidores a la calle a manifestar en su contra, si decidía un recurso interpuesto en forma que él consideraba contraria al pueblo. Y no pasó nada.

Un pueblo en cuyo nombre dice hablar y del cual alega haber recibido un mandato de poder absoluto y dictatorial. Así lo consignó por escrito, en una memorable carta enviada a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia. Reclamó para si la exclusividad en la conducción del Estado. El Señor Presidente cree, sinceramente, que el Estado es él. Que él es el único representante del pueblo.

Cuando la Corte Suprema de Justicia decidió en una forma contraria a la que él esperaba, el Presidente acusó a sus magistrados de estar coludidos contra él y, en repetidas ocasiones posteriores, de corrupción. Y no pasó nada.

El señor Presidente ha instado repetidamente al desacato por la Constituyente a ser elegida, de los términos del mandato aprobado por los electores en el referéndum, cuyas bases clara y explícitamente le negaron a la Asamblea Constituyente a ser elegida, el carácter «originario».

La Corte Suprema de Justicia ha negado el pretendido carácter originario de la Asamblea. Sin embargo, el señor Presidente ha afirmado y reafirmado repetidamente, que la Asamblea Constituyente va a disolver los poderes, va destituir a los Diputados y Senadores y a los gobernadores de los Estados, tan legítimamente elegidos como él, va a destituir a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia y a todos los jueces y va a nombrar sus sustitutos porque alega que su origen está viciado, y que esa Asamblea va a derogar, modificar y hacer Leyes, todo ello antes de aprobar la Constitución y antes de que esta sea aprobada por el pueblo en un referéndum.

Nunca antes, salvo los días de Boves y Morales, se había hecho una predica tan clara y abierta en favor del caos y la anarquía. Nunca. Los más radicales revolucionarios han predicado un orden nuevo. Pero orden. Nadie ha predicado el desorden, la incertidumbre y la arbitrariedad como ideales para construir una república.

El Presidente pretende equiparar la elección de la Constituyente con un hecho revolucionario, creador de un gobierno de facto. Estamos, pues, ante la necesidad de desvelar un enorme engaño, que nos está invitando a elegir no a unos representantes encargados de hacer una nueva Constitución, sino a unos Dictadores.

Unos Dictadores tumultuarios que amenazan abrir juicios populares a todo el que ellos califiquen de corruptos. Juicios en los cuales los principios cardinales del Derecho que le han costado dos milenios a la humanidad consagrar como derechos intangibles, sean reemplazados por el trágico eufemismo de la justicia popular que nunca ha sido justicia y siempre ha terminado masacrando al pueblo. Una asamblea dictatorial obediente a su voluntad que tendrá, según dicen, el poder de disponer de nuestras vidas y bienes a su arbitrio, pues no estarían limitados por más ley que su voluntad.

Además el Presidente ha instado al Consejo Nacional Electoral a la violación de las bases comiciales para la elección de la Asamblea Constituyente. Unas bases que él mismo propuso y que aprobadas por el electorado en el referéndum, fueron vertidas por la autoridad electoral en un reglamento que ahora, el señor Presidente se niega a respetar, alegando que puesto que no hay ley que regule la elección de una Constituyente, él puede hacer y decir lo que le venga en gana para promover a sus candidatos, así se lo prohiba la ley y las bases comiciales que él mismo propuso y que se aprobaron en el referéndum.

En esta línea de palabras y acciones, el señor Presidente apoya abiertamente a los candidatos de su parcialidad y para ello hace uso público y notorio de recursos del Estado. Cuando el Consejo Nacional Electoral le amonesta, el Presidente hace burla del arbitro electoral, de la amonestación recibida, anuncia que seguirá haciendo lo mismo y lo sigue haciendo. Cuando el Contralor anuncia su decisión de investigar el hecho, el Presidente lo ofende y lo descalifica.

El hecho es dramáticamente claro, señoras y señores. El señor Presidente de la República ha violado su deber de respetar y de hacer respetar la Constitución y las Leyes de la República. Nadie puede negarlo.

No digo que el Presidente ha violado su juramento, porque lo dio en forma harto irregular, al extremo que puede decirse que no juró como se lo manda la Ley. En ese momento calificó de «moribunda» a la Ley Constitucional y no se si dijo que juraba respetarla o terminarla de matar.

Pero si la respuesta del señor Presidente a la pregunta ritual que le fuera formulada fue equívoca, la autoridad que le tomó el juramento, lo entendió por dado cuando le dijo:

Si así lo hiciéreis, que Dios y la patria os premien. Si no, que os lo demanden.
No lo ha hecho. No ha respetado ni ha hecho respetar la Constitución y las Leyes. Por el contrario, ha instigado abiertamente a su desobediencia a las obedientes y no deliberantes Fuerzas Armadas. Y como Dios anda muy ocupado en cosas más importantes, y la patria somos todos y no es nadie, alguien se lo debe demandar.
Hace tres días, en su condición de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Nacionales, el Presidente violó su juramento constitucional de respetar y sostener la Constitución y las Leyes, cuando promovió a treinta y tres oficiales de las Fuerzas Armadas cuyo ascenso había sido expresamente negado por el Senado de la República, en legítimo ejercicio de su atribución establecida en el Ordinal Quinto del Artículo 150 de la Constitución.

Además de esto, que es obvio, y debe producir acciones inmediatas por parte de quienes están obligados a tomarlas, lo que el Presidente Hugo Chávez está haciendo con las Fuerzas Armadas, legal, paralegal, metalegal o ilegal, va a llevar a la destrucción de una de las instituciones de mayor prestigio en la sociedad venezolana. Una institución cuyo nivel de profesionalismo, había costado muchos esfuerzos de muchos años lograr.

La atribución del Senado, ejercida en sintonía con lo que las instancias de evaluación interna de las Fuerzas Armadas habían decidido en relación a los oficiales cuyo ascenso negó, no la inventaron los que el Presidente Chávez llama las «cúpulas corruptas» de los partidos. El primero que lo propuso y lo introdujo en el proyecto de Constitución que presentó al Congreso de Angostura de 1819 fue Simón Bolívar.

Desde el mismo inicio de su carrera militar, la preocupación de Bolívar por la disciplina del Ejercito y su acatamiento a la autoridad civil y constitucional fue constante.

En 1813, después de la exitosa campaña guerrillera del Magdalena, y de haber tomado Cúcuta, Bolívar se vio impedido de pasar a Venezuela por la actitud del Coronel Castillo, a quien se le había nombrado como su segundo y quien alegaba que Bolívar no podía legalmente llevar las tropas granadinas más allá de la frontera.
Bolívar acató esto y se dirigió al Congreso de la Unión en solicitud del permiso correspondiente. Pero como se hizo evidente que la actitud de Castillo era obstruccionista y no legalista, Bolívar le escribe al Presidente de la Unión, y más que un raciocinio táctico, estratégico o político de la campaña que pensaba iniciar en Venezuela, le formula una declaración de principio y el 26 de Abril de 1813 le escribe:

«No hay estado beligerante sin tropas, y no hay tropas sin disciplina.»
Este primer incidente en su carrera revela la constante de una firme convicción en la disciplina del Ejército como condición de su misma existencia. Y de su sumisión al poder civil como requisito de su carácter republicano y constitucional. La disciplina del poder militar, y su razón de ser como brazo armado de una república constitucional por la cual se luchaba, fueron los dos pilares del pensamiento de Bolívar y la constante de su vida.

Tras la conquista de Angostura y la instalación del Congreso en 1819, Bolívar presentó un proyecto de Constitución en el cual, por primera vez en la historia constitucional de Venezuela, se le atribuyó al Senado la facultad de aprobar los ascensos militares en estos términos:

«El Presidente...(3) «Nombra los empleos civiles y militares que la Constitución no reservare. Entre los reservados se comprenden los de Coronel inclusive arriba, cuyo nombramiento lo hará el Poder Ejecutivo con aprobación del Senado. Si este no conviniere en el nombramiento, puede repetir su instancia apoyándola mejor. La resolución del Senado, en este caso, es decisiva.» La Constitución de Bolívar, estableció por primera vez en nuestra historia constitucional, el carácter no deliberante de las Fuerzas Armadas y su jefatura por quien quiera ejerciera las funciones de Presidente. Y apartándose del modelo federal de la Constitución de 1811, estableció que la Fuerza Armada eran exclusividad de la República y no la facultad soberana de las provincias de tener sus propias fuerzas armadas.
Ya lo había dicho en 1813 y lo consignó en la Constitución que propuso a la Constituyente de 1819: No hay Estado sin fuerza armada. No hay fuerza armada sin disciplina. No hay disciplina sin ley. No hay ley si el jefe de esa fuerza disciplinada y obediente, no la respeta y la hace respetar.

Si la Ley se rompe por quien tiene que respetarla y hacerla respetar, se acaba la disciplina. Se acaba la Fuerza Armada. Se acaba el Estado. Palabra de Bolívar. Así de clara. Así de sencilla.

La Constitución de 1830 repitió la atribución del Senado para autorizar ascensos y el carácter no deliberante de las Fuerza Armadas.

La Constitución Federal de 1864 omitió esta atribución del Senado y consagró la facultad de los Estados de tener sus propias Fuerzas Armadas, al extremo que la Fuerza Armada Nacional tenía que pedir permiso para pasar por el territorio de los Estados de la Unión. Esa fue una de las causas que llevaron al enguerrillamiento crónico que le siguió hasta que en 1908 Gómez tomó el poder y acabó con el federalismo y con sus caudillos.

Y esa fue la razón de la proliferación de rangos militares otorgados por el Mariscal Falcón y por los presidentes que le siguieron, por lo cual, para fines del siglo pasado Venezuela tenía más generales y coroneles que soldados. Y no tenía un Ejercito. Los ejércitos de entonces eran los partidos de entonces. Eran partidos armados. Eran fuerzas de ocupación al servicio de Guzmán Blanco o de Crespo, pero no de la Nación y mucho menos de sus instituciones.

Llegar a eso parecía una quimera. Regresar a eso parecía ayer una imposibilidad. Pero ese es el camino por el cual vamos. Por lo pronto ya tenemos más coroneles y generales de aviación, que aviones y más almirantes y capitanes de navío, que navíos.

La creación de un Ejército profesional, permanente y nacional se inició a comienzos de este siglo. Cuando Gómez apartó a Castro del poder inició con energía y decisión, la integración de las viejas montoneras del siglo pasado en un Ejército homogéneo, tecnificado y moderno. El paso fundamental se dio cuando el 5 de julio de 1910 se inició el primer curso en la Escuela Militar de «La Planicie».

Algunos de los responsables visibles del progreso de su primera etapa se conocen: el General Francisco Linares Alcántara, que había estudiado y se había graduado en West Point, el General Felix Galavís, el coronel chileno Samuel Mc Gill. Los más visibles de las etapas posteriores, fueron el General Eleazar López Contreras y el entonces Teniente Coronel Isaías Medina Angarita, quien se había graduado en la Escuela militar y había sido muchos años su profesor.

El hecho fue que a la muerte de Gómez en 1935, Venezuela tenía la estructura fundamental de un Ejército profesional, con espíritu y reglamentación de permanencia institucional.

Ese Ejercito disciplinado fue el que hizo posible que el General Eleazar López Contreras realizara las transformaciones que eran necesarias para cambiar el carácter dictatorial del régimen en el cual él se había formado y refundara la democracia en el siglo XX.

El General López Contreras heredó una estructura de poder militar que le hubiera permitido prolongar el régimen autocrático. No lo hizo así. Y uno de los primeros indicios que dio de su carácter liberal y democrático fue cuando, después de la muerte de Gómez, se quitó el uniforme y entró a Caracas como Presidente de la República, vestido de civil.

Un detalle que merece ser recordado en estos momentos, cuando se nos está dando indicios de lo contrario.

La importancia que dentro de toda estructura militar tienen procedimientos institucionalizados de ascenso que alejen lo más posible la discresionalidad en la calificación de los méritos, se pone de manifiesto cuando vemos que una de las principales razones que alegaron los oficiales que formaban la logia de la Unión Militar Patriótica en 1945 para conspirar para derrocar al General Medina, era que éste se había negado a retirar del Ejército a los viejos generales Prato, Ardila y Matute que los oficiales de la Escuela llamaban «chopo e’ piedra» y cuya prolongada permanencia ellos veían como bloqueando su carrera.

La Constitución de 1947 fue la primera que consignó lo que puede llamarse la doctrina militar del Estado Democrático. Esa doctrina, paradójicamente, fue inspirada y colocada en esa Constitución por los oficiales que derrocaron a Medina Angarita, por especial influencia de la mentalidad del entonces Ministro de la Defensa, Teniente Coronel Carlos Delgado Chalbaud, quien en 1946, expresó públicamente su convicción que las Fuerzas Armadas venezolanas debían ser obedientes, no deliberantes, apolíticas, institucionales y profesionales.

Esos principios se consignaron en el capítulo III del Título IV de esa Constitución, que estableció que las Fuerzas Armadas Nacionales eran una institución «apolítica, esencialmente profesional, obediente y no deliberante, organizada para garantizar la defensa nacional, mantener la estabilidad interna y respaldar el cumplimiento de la Constitución y las Leyes.»

Al principio de la impersonalidad de la institución armada al servicio de la Nación y el de la exclusividad de la funciones militares incompatibles con funciones políticas, y de ratificar el principio, de la autoridad jerárquica suprema del Presidente de la República, se sumaron los avances que habían sido logrados en el gobierno de Gómez, como eran la exclusividad y el monopolio del Poder Nacional de mantener fuerzas armadas y poseer armas de guerra.

El apoliticismo de las Fuerzas Armadas quedó sentado claramente en el Artículo 99 de esa Constitución, y los mecanismos institucionales y legales y no discrecionales de ascensos recibieron jerarquía constitucional al establecerse en el Artículo 101 que los grados militares sólo podrán obtenerse conforme a la Ley, ratificando el principio bolivariano de la atribución del Senado de autorizar ascensos.

La doctrina militar del Estado Democrático quedó muy bien consignada en la Constitución de 1961 en su artículo 132, que establece con admirable elocuencia que las Fuerzas Armadas Nacionales forman una institución apolítica, obediente y no deliberante, organizada por el Estado para asegurar la defensa nacional, la estabilidad de las instituciones democráticas, y el respeto a la Constitución y las leyes, estableciendo que el acatamiento de las Fuerzas Armadas a la Ley está por encima de cualquier otra obligación, reafirmando que están al servicio de la República, y en ningún caso, al de una persona o parcialidad política.

Yo pienso que el carácter no deliberante de las Fuerzas Armadas es indispensable al mantenimiento de su disciplina y esta disciplina es indispensable para la estabilidad de cualquier orden de gobierno, democrático o no.

Pero aunque no se piense así, el hecho es que hoy, la Constitución y la Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas vigente así lo mandan. El mero anuncio por el Presidente Chávez de convocar una Asamblea militar para que los militares le hablen al país, es otra violación a la Ley y a la Constitución. Quizás la más peligrosa de todas. Hasta para él mismo y el mantenimiento de su autoridad.

Ha llegado la hora de recordarle al Presidente que los Poderes que él ofende y amenaza, merecen tanto respeto como el señor Presidente tiene el derecho de esperar de ellos. Pero estos poderes, además de ser acreedores del respeto, tienen poder y facultades positivas que el Presidente no debe desconocer o menospreciar.
El Artículo 192 de la Constitución establece que:

«El Presidente de la República es responsable de sus actos de conformidad con esta Constitución y las Leyes».

El artículo 121 de la Constitución, advierte que el ejercicio del poder por el Presidente de la República «acarrea responsabilidad individual por abuso de poder o por violación de la Ley».

El artículo 46 de la Constitución establece que si el Presidente de la República ordena o ejecuta un acto que viole o menoscabe los derechos garantizados por la Constitución «incurre en responsabilidad penal, civil y administrativa, según los casos».

La responsabilidad penal del Presidente de la República no es inmune a las consecuencias de la comisión del delito de abuso de autoridad por actos arbitrarios, y del delito de incitación a la desobediencia de las leyes.

La Corte Suprema de Justicia en pleno, tiene competencia para declarar si hay o no méritos para el enjuiciamiento del Presidente de la República.

La Ley establece que la acusación del Presidente de la República ante la Corte Suprema de Justicia es derecho de «cualquier ciudadano».

El Ministerio Público, también tiene esta facultad, según lo establece el artículo 220, ordinal 5º de la Constitución.

A la acusación deben acompañarse «los documentos, testimonios, informaciones de nudo hecho u otros medios de prueba que acrediten los hechos sobre los cuales ha de versar el juicio».

Recibida la acusación, la Corte Suprema de Justicia debe decidir si hay o no mérito para proseguir el enjuiciamiento dentro de las 10 audiencias siguientes de su presentación.

Si la Corte decide que hay méritos, lo debe participar inmediatamente a la Cámara del Senado, o a la Comisión Delegada.

El Senado está facultado para autorizar por el voto de la mayoría de sus miembros el enjuiciamiento del Presidente de la República. Hecho esto, el Presidente «quedará suspendido en el ejercicio de sus funciones» como lo establece la constitución viva y vigente.

El enjuiciamiento del Presidente corresponde a la Corte Suprema de Justicia en pleno, hasta sentencia definitiva.

El Presidente ha dicho reiteradamente que no le importa que lo enjuicien. A quienes me escuchan y les compete hacerlo, debe importarles. Si no lo hacen, no será por falta de causales.

Mucho medité acerca de lo que en esta hora y desde esta tribuna debía decir. Un viejo y sabio amigo me había aconsejado: «Deja hablar al venezolano angustiado que tienes dentro»... Eso es lo que he hecho. No se si he acertado con lo que se debe decir en este momento. Sólo se que he hablado como mi conciencia me lo manda. Eso me basta.

¿Qué más se puede decir para sacudir a los venezolanos que me escuchan y sacarlos de su apatía, de su conformismo, de su cobardía cívica? ¿Para alertarlos de lo que puede suceder y va a suceder si se deja pasar lo que se está diciendo y haciendo?

Yo no soy de los que ven en los dos escasos siglos de nuestra historia republicana, una secuencia continua de fracasos en el empeño iniciado en la fecha que hoy conmemoramos, de construir un Estado constitucional.

No es cierto que nuestras 26 constituciones sean la prueba de una sucesión constante de fracasos. Yo las veo como una secuencia constante de frustraciones. Y de la frustración siempre queda la esperanza que la constancia la lleve al éxito.
Las frustraciones de nuestra historia están eslabonadas por una sucesión magnífica, gloriosa de coraje y constancia en la defensa de los principios democráticos que fueron sembrados en un día como hoy, hace 188 años. De no haber sido por ese coraje y esa constancia, Boves habría triunfado.

En su día fueron más los que siguieron a Boves que a Bolívar. Pero para nuestra fortuna, no todos los venezolanos de entonces se hicieron soldados de Boves. Y no todos los venezolanos de hoy, son como los que ayer siguieron a Boves.

He dejado hablar al venezolano angustiado que tengo dentro. Porque no somos pocos los venezolanos que estamos angustiados por las tempestades que van a provocar los vientos de odio, de ilegalidad y de violencia sin razón ni sentido, que hoy se están sembrando. Es a esos venezolanos angustiados a los cuales les he hablado.

Y es por mis hijos y mis nietos y los hijos y los nietos de todos los que tienen hijos y nietos, por quienes he hablado. Ellos son los que van a vivir en la Venezuela del próximo siglo. Ellos son los que van a tener que pagar lo que hoy hagamos o dejemos hacer para detener, o dejar pasar, lo que tanto daño amenaza.

Mañana, mis hijos y mis nietos no me podrán reclamar el no haber dicho lo que debía decir cuando pude y debí decirlo. Lo dije. Yo cumplí. Ahora les toca a ustedes.

Jorge Olavarría





martes, 4 de febrero de 2020

HISTORIA DEL 4 DE FEBRERO DE 1992







Durante los días 3 y 4 de febrero de 1992 tuvo lugar un intento de golpe de Estado en Venezuela, cuando ocupaba la presidencia de la República Carlos Andrés Pérez. Estuvieron comprometidas en la asonada guarniciones militares de los estados Aragua, Carabobo, Miranda, Zulia y el Distrito Federal. La asonada se inició en la tarde del día 3 y estalló en la noche, al retornar al país el presidente Pérez, luego de su participación en el Foro Económico Mundial, en la ciudad de Davos (Suiza). El movimiento fue debelado e informado el alto mando del Ejército y el ministro de la Defensa, general Fernando Ochoa Antich, acerca del mismo. No obstante, los insurrectos continuaron su plan, aun cuando muchas unidades inicialmente comprometidas en el alzamiento no se rebelaron. La acción fue denominada por los insurgentes como Operación Zamora. Los responsables eran miembros de una agrupación informal existente dentro de las Fuerzas Armadas, conocida como Movimiento Bolivariano Revolucionario MBR-200. Dicho movimiento fue fundado en 1983 por los entonces capitanes del Ejército Hugo Chávez Frías, Felipe Acosta Carlés y Jesús Urdaneta Hernández, quienes se desempeñaban como instructores de la Academia Militar. Sus miembros eran destacados oficiales del Ejército, de gradación media, por lo que el movimiento también se conocía por los siglas de COMACATE, haciendo alusión a los grados de comandantes, mayores, capitanes y tenientes y tenientes coroneles de sus miembros. Poseían una formación universitaria además de militar y ejercían una gran influencia sobre las tropas bajo su mando. Buena parte de los integrantes pertenecían a la promoción Simón Bolívar, egresada de la Escuela Militar en 1975. Compartían círculos de discusión sobre el desenvolvimiento político y económico nacionales, y habían desarrollado una posición crítica respecto a la situación de la institución militar y del país. La idea de cambiar el rumbo del país a través de un golpe de Estado se había ido incubando progresivamente en el grupo. El MBR-200 tenía una orientación ideológica nacionalista y revolucionaria. Sus fuentes de inspiración doctrinal eran el pensamiento bolivariano, las ideas de Simón Rodríguez y de Ezequiel Zamora. La Operación Zamora tenía como objetivo derrocar al presidente Pérez para someterlo a juicio por diversos delitos, y la sustitución del Gobierno vigente por una Junta de Reconstrucción Nacional, compuesta por «elementos progresistas» civiles y militares. Las razones aducidas para intentar este golpe de Estado fueron la gestión económica y política del presidente Pérez; el descontento de los sectores medios y bajos de las Fuerzas Armadas por los hechos de corrupción verificados en los altos mandos militares; la subordinación de las Fuerzas Armadas ante un liderazgo político que consideraban incapaz y corrupto; la utilización de las Fuerzas Armadas, en particular del Ejército y de la Guardia Nacional, en la represión de los disturbios originados por el estallido social del 27 de febrero de 1989; el cuestionamiento a la posición sostenida por el presidente Pérez en las negociaciones relativas a la delimitación limítrofe con Colombia; el deterioro de las condiciones socioeconómicas de la oficialidad media y baja y de las tropas; el empleo de las Fuerzas Armadas en labores como repartición de útiles escolares, becas alimentarias, campañas de vacunación y de arborización, etc. Desde el punto de vista de los alzados, su acción se justificaba para hacer cumplir a cabalidad el artículo 132 de la Constitución Nacional, que consagra que la función de las Fuerzas Armadas es asegurar la defensa nacional, la estabilidad de las instituciones democráticas y el respeto a la Constitución y a las leyes, el cual estaría siendo irrespetado por el gobierno de Pérez. Los principales dirigentes de la acción golpista fueron los tenientes coroneles Hugo Chávez Frías, jefe máximo de la operación, Francisco Javier Arias Cárdenas, Joel Acosta Chirinos, Jesús Urdaneta Hernández y Jesús Ortiz Contreras. El alzamiento en la región capital se condujo bajo la responsabilidad del teniente coronel Chávez Frías, quien dirigió las acciones desde el Museo Histórico Militar de La Planicie, y del teniente coronel Joel Acosta Chirinos, quien comandó las operaciones en la base aérea Generalísimo Francisco de Miranda, en La Carlota. En las guarniciones militares del Distrito Federal y del estado Miranda actuaron la brigada de paracaidistas batallón José Leonardo Chirinos, el grupo de caballería motorizada Ayala, una compañía del regimiento de ingeniería Agustín Codazzi, el grupo de artillería José Félix Ribas y el batallón Antonio Nicolás Briceño. También estaban comprometidos en la asonada una compañía de tanques provenientes de la brigada blindada de Valencia y una compañía de misiles antitanque Mapat proveniente de San Juan de los Morros, los cuales fueron detenidos antes de llegar a Caracas. Los combates en la región capital se iniciaron hacia las 11 p.m. del día 3 y los enfrentamientos más intensos tuvieron lugar en la residencia presidencial La Casona, en el Palacio de Miraflores y en la base aérea Francisco de Miranda. Otras acciones tuvieron lugar en el Fuerte Tiuna, donde se iniciaron las acciones golpistas, en las comandancias generales del Ejército y la Armada, en el Comando Regional núm. 5 y el Comando de Seguridad Urbana de la Guardia Nacional, la sede de la DISIP en El Helicoide, en la sede de la Comandancia de la policía Metropolitana en Cotiza y en Venezolana de Televisión (canal 8). El presidente Pérez logró sortear la situación con éxito. A su llegada de Suiza estaban esperándolo en el aeropuerto Simón Bolívar de Maiquetía el general Fernando Ochoa Antich y el ministro de Relaciones Interiores, Virgilio Ávila Vivas. El general Ochoa Antich, quien había sido informado acerca del movimiento, se trasladó al aeropuerto desde las 3 p.m. del día 3 a fin de desarticular un operativo supuestamente destinado a detener al presidente a su arribo. Pérez fue informado de los acontecimientos durante el trayecto hacia Caracas; no obstante subestimó la gravedad de la situación, quizá por la proliferación de rumores de golpe de Estado en los meses que precedieron a este intento, y resolvió permanecer en la residencia presidencial. Sin embargo, hacia las 11 de la noche, después que el general Ochoa Antich le informó telefónicamente desde el Fuerte Tiuna acerca de un alzamiento en el Fuerte Mara en el Zulia, el presidente salió desde su residencia hacia el Palacio de Miraflores, lo que le permitió evadir por escasos minutos el asedio a La Casona. La residencia presidencial, donde permanecieron la primera dama y una hija, fue atacada por el batallón de paracaidistas José Leonardo Chirinos y defendida por el batallón de custodia y por unidades de la DISIP y de la policía municipal de Sucre, produciéndose un intenso combate entre las fuerzas leales y los sublevados. Mientras tanto, hacia las 12 p.m., el Palacio de Miraflores fue atacado por tanques y por una unidad de paracaidistas. Los insurrectos forzaron la puerta principal y redujeron a la guardia de prevención, produciéndose intensos combates con saldos de muertos y heridos para ambas partes. En la puerta que comunica con el despacho presidencial los insurrectos fueron repelidos por un edecán del presidente y un grupo de guardias de honor y escoltas civiles. Nuevamente el presidente logró escapar, esta vez por la puerta del estacionamiento del edificio Bicentenario, pasando por un túnel. Lo acompañaban el jefe de la escolta civil y un edecán. Esta vez la caravana presidencial se dirigió hacia el canal 4 de televisión (Venevisión), desde donde se improvisaron varias alocuciones al país. Poco después de la 1 a.m. tuvo lugar la primera aparición televisiva de Pérez, quien informó acerca de la situación y condenó el movimiento insurreccional. Hacia las 2 a.m. el presidente volvió a dirigirse al país, haciendo una relación de los mensajes de adhesión que había recibido de diversos mandatarios extranjeros e instituciones, y, en su calidad de comandante en jefe de la Fuerzas Armadas ordenó a los insurrectos deponer las armas. Luego intervino Eduardo Fernández, para el momento secretario general del partido COPEI, quien expresó ante las cámaras su repudio al golpe y su adhesión al Gobierno y a las instituciones democráticas. Otras personalidades del mundo político y de diversas organizaciones sociales se presentaron en el canal de televisión y ante las cámaras hicieron llamados semejantes. Las intervenciones televisivas del presidente Pérez fueron cruciales para definir el rumbo de los acontecimientos, puesto que desalentaron a las fuerzas insurrectas y transmitieron la impresión de que el Gobierno controlaba la situación desde los primeros momentos. Si bien la Operación Zamora incluía la toma de los medios de comunicación, ello no pudo concretarse. Un grupo insurrecto se movilizó hasta Radio Caracas Televisión (canal 2) con la intención de transmitir una cinta de video con la grabación de sus proclamas e intenciones; no obstante, fueron disuadidos por el personal de guardia, quienes les aseguraron que su cinta era incompatible con los equipos de la emisora. El general Ochoa Antich se colocó al frente de las operaciones de las fuerzas leales. El Gobierno enfrentó la insurrección haciendo uso de unidades de policía, del batallón de infantería Simón Bolívar, de la 31 brigada de infantería, algunas unidades blindadas del batallón Ayala, del destacamento 51 de la Guardia Nacional, y de aviones Bronco, Tucán y F16. La rendición de los insurgentes comenzó una vez que las tropas leales retomaron el Palacio de Miraflores a las 4 a.m. y se prolongó hasta cerca del mediodía del día 4, cuando se entregó el máximo líder de la operación, el comandante Hugo Chávez Frías. El presidente Pérez retornó al Palacio una vez que fue recuperado por las fuerzas leales. La acción golpista en el estado Zulia resultó la más exitosa. El responsable de la operación (denominada Reconstrucción 92) fue el teniente coronel Francisco Javier Arias Cárdenas, quien se desempeñaba como comandante del grupo de artillería misilística José Tadeo Monagas. Se sublevaron el batallón de infantería mecanizada Francisco Aramendi, la batería de artillería de defensa aérea y el grupo de artillería de campaña Pedro María Freites. La residencia oficial del gobernador del estado, Oswaldo Álvarez Paz, fue tomada a las 12 p.m., y desde la misma el comandante Arias Cárdenas se proclamó gobernador militar del estado, dando a conocer a través de una emisora radial los motivos del golpe y los principio del MBR-200. Fueron tomados el puente sobre el lago de Maracaibo, el cuartel Libertador, los destacamentos 33 y 35 de la Guardia Nacional, el Cuartel de Patrulleros de la Policía del Estado, la sede de la DISIP, instalaciones petroleras de las costa oriental del lago, el comando de la Primera División de Infantería y de la Guarnición Militar del estado Zulia, la base aérea General Rafael Urdaneta, el Aeropuerto Internacional La Chinita, el Comando Regional 3 de la Guardia Nacional y la estación de guardacostas de la Armada, el canal 11 de televisión, varias estaciones de radio y las vías de acceso a Maracaibo. En vista del fracaso de las operaciones en Caracas, Arias depuso las armas. La rendición de los sublevados se inició hacia las 11 a.m., y fue total hacia la 1:30 p.m., gracias a la mediación de monseñor Domingo Roa Pérez, arzobispo de Maracaibo, y luego de vuelos rasantes de 2 aviones F-16 y de 2 aviones Bronco sobre el Cuartel Libertador, último bastión de los rebeldes. En Maracay se sublevaron 3 batallones de la 41ª Brigada de Infantería Paracaidista y el batallón García de Sena, al mando del teniente coronel Jesús Urdaneta Hernández, y el batallón de cazadores General Vásquez, al mando del teniente coronel Jesús Ortiz Contreras. Los insurgentes atacaron la sede del comando de la IV División de Infantería, la base aérea Libertador, los cuarteles Páez y San Jacinto y la base Escuela Mariscal Sucre. Los combates más intensos se escenificaron en el Cuartel Páez, a 2 cuadras del Palacio de Gobierno, en el Cuartel La Placera, y en la base Libertador. Los rebeldes rodearon la base, pero no lograron ingresar en ella ni utilizar los aviones. Desde tempranas horas del día 4, aviones y helicópteros leales de la fuerza aérea sobrevolaron estas zonas y al mediodía la insurrección fue controlada, aunque persistieron focos dispersos de combate en Palo Negro y en La Placera. En la guarnición de Valencia actuaron el batallón blindado Pedro León Torres, el grupo de artillería de campaña Lara, el batallón de apoyo José G. Lugo, una compañía de comunicaciones y una compañía de honor. Durante aproximadamente 15 horas los insurrectos controlaron varios puntos estratégicos de la ciudad, entre ellos el Comando Regional núm. 2 de la Guardia Nacional. Los golpistas tomaron la estación de radio Mundial, desde donde difundieron sus consignas. También tomaron la sede de la policía del estado, el aeropuerto internacional Arturo Michelena y establecieron sus operaciones en el Fuerte Paramacay, sede de la brigada blindada. Atacaron los puestos de la Guardia Nacional en Tocuyito y en La Cabrera, la sede de la compañía 24 de junio en el Campo de Carabobo. Aviones F-16 y helicópteros Super-puma, piloteados por oficiales leales al Gobierno sobrevolaron las zonas donde los rebeldes operaban y realizaron vuelos de reconocimiento en Naguanagua. El gobernador del estado denunció que tropas insurgentes entregaron armas, municiones y uniformes a estudiantes de la Universidad de Carabobo, 3 de los cuales resultaron heridos de gravedad, con lo cual se evidenció la participación de civiles en estas acciones. El sometimiento de los insurrectos se logró hacia las 4 p.m., del día 4. El comandante Chávez Frías se hallaba acantonado en el Museo Histórico Militar de La Planicie, en Caracas, desde donde debía dirigir las operaciones. Persuadido por el general Ochoa Antich y ante la evidencia del fracaso de la operación, se rindió, desplazándose hacia la sede del Ministerio de la Defensa. A solicitud del alto mando de las fuerzas leales y acompañado por miembros del alto mando militar hacia la 1 p.m., el comandante Chávez se dirigió al país en una improvisada alocución. En su breve mensaje, asumió la responsabilidad del movimiento y solicitó a las fuerzas aún rebeldes de Aragua y Valencia que se rindieran ante el fracaso de la operación en Caracas, para evitar mayores derramamientos de sangre. Esta corta aparición ante las cámaras de televisión le valieron una instantánea e intensa popularidad, que si bien contribuyó al cese de las hostilidades, constituyó un grave revés político para el Gobierno. A consecuencia de este intento de golpe de Estado, el presidente en compañía del Gabinete Ejecutivo decretó la suspensión de las garantías constitucionales en todo el territorio nacional, así como el establecimiento de un toque de queda. Durante la mañana del 5 de febrero se convocó a una sesión bicameral extraordinaria en el Congreso, con el propósito de presentar a la consideración del Poder Legislativo el mencionado decreto. Por acuerdo de las fracciones políticas se resolvió no debatir la materia sino formular un comunicado de condena al intento de golpe. No obstante, el para entonces senador vitalicio Rafael Caldera, desatendiendo el acuerdo previo, pronunció un polémico discurso en el que desestimó la tesis del magnicidio como motivación de la insurrección y formuló su propia interpretación de las razones que habían llevado al intento de golpe y producido las manifestaciones de simpatía hacia el mismo. Ello generó un intenso debate en el hemiciclo, el cual fue transmitido por los canales de televisión. El discurso de Caldera le valió una gran popularidad, y con el mismo se inició la campaña ascendente que lo llevó a la presidencia de la República en diciembre de 1993. Diversas instituciones del Estado y organizaciones sociales repudiaron el intento de golpe y manifestaron su adhesión al orden democrático. En la población no se produjeron movilizaciones de apoyo al Gobierno o a la democracia. Diversos jefes de Estado de naciones democráticas enviaron sus expresiones de solidaridad al Gobierno y de rechazo a la asonada. César Gaviria, para el momento presidente de Colombia, convocó a una reunión extraordinaria de la Organización de Estados Americanos, que también produjo un pronunciamiento de condena a los golpistas y de adhesión al Gobierno y a la democracia en Venezuela. El ministro de la Defensa dio a conocer el día 5 el saldo de la asonada: 14 muertos, 53 heridos, 1.089 militares detenidos y cuantiosas pérdidas materiales. No obstante, las estimaciones extraoficiales daban 50 muertos y más de 100 heridos. El comandante Chávez Frías y los oficiales de mayor rango involucrados en la insurrección fueron recluidos en el Cuartel San Carlos de Caracas y luego en la Cárcel de Yare en los valles del Tuy. A 2 semanas de este intento, el Tribunal Militar II de Primera Instancia Permanente de Caracas anunció que había 133 oficiales (entre los cuales 24 fueron acusados de dirigir la rebelión y el resto de ser adherentes) y 967 soldados sometidos a investigación. Con el tiempo, las causas de muchos de los militares presos fueron sobreseídas; otros fueron dados de baja, y otros indultados por el presidente Caldera en 1994 bajo la condición de solicitar su retiro de las Fuerzas Armadas, tal como sucedió con los oficiales que dirigieron la operación. M.K.







EL DÍA DE LA INFAMIA






“Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos. Sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir”

José Saramago


Hoy 4 de febrero se cumplen 28 años de uno de los hechos más oprobiosos de nuestra historia contemporánea, cuándo un grupo de militares felones traicionan su juramento e intentan concretar un golpe de Estado al presidente legítimamente electo.

Hoy algunos celebran  como una fecha patria este acto criminal. Hoy algunos sueñan con reescribir la historia y distraer la memoria.

Yo por mi parte solo pienso en el dolor de las madres, los padres, esposas, hijos, hermanos, amigos de quienes murieron ese día por las acciones irresponsables y criminales de estos
traidores.

Hoy 28 años después, cuando padecemos las consecuencias de aquella “Quijotada” de aquel “Acto de Amor” de Hugo Chávez Frías, donde murieron conocidos y anónimos venezolanos, rezo para que mi país no sufra más nunca una historia parecida.

Rezo para que algún día los que celebran ingenuos y alegremente esta fecha entiendan que con su actitud cómplice avalan un crimen contra todos los venezolanos.

Gustavo Antillano
@gantillano 




jueves, 23 de enero de 2020

¡RESISTO!




¿QUÉ PASÓ EL 23 DE ENERO DE 1958?




¿Qué pasó el 23 de Enero de 1958?


La Junta Patriótica que luchaba en la clandestinidad contra Marcos Pérez Jiménez llamó a un paro de la prensa el 20 de enero, como punto de partida para el inicio de una huelga general el día 21 de enero y la sublevación de las fuerzas militares contra la dictadura. Desde el fracaso del levantamiento del coronel Hugo Trejo el 1 de enero, la crisis interna de la dictadura se hizo cada día más grave. El movimiento popular cobró fuerza, se produjeron nuevos brotes insurreccionales en las Fuerzas Armadas y densos sectores sociales suscribieron manifiestos de denuncia contra el régimen. Cuando arrancó el paro, que se cumplió a cabalidad, en las calles se sucedían manifestaciones, mítines; y en varios lugares de Caracas se producían enfrentamientos con las fuerzas del Gobierno. En la noche del día 22, la Marina de Guerra y la Guarnición de Caracas se pronunciaron contra la dictadura y Pérez Jiménez, privado de todo apoyo en las Fuerzas Armadas, huyó en la madrugada del 23 de enero, rumbo a Santo Domingo. 


 ¿El 23 de Enero fue una fecha al azar o ya estaba planificada?


Desde 1957 se venían produciendo las primeras manifestaciones que fueron debilitando el régimen pérezjimenista. El primer sacudón ocurrió cuando monseñor Rafael Arias Blanco leyó la famosa Carta Pastoral contra la dictadura, el 29 de abril de 1957. Más tarde, el 21 de noviembre, los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela (UCV)salieron a la calle y fueron reprimidos brutalmente por la Seguridad Nacional (SN). Otro movimiento que terminó por debilitar al régimen fue el alzamiento militar comandado por el coronel Hugo Trejo, el 1 de enero de 1958 que, aún cuando falló, terminó por fracturar a las Fuerzas Armadas. 


¿Cómo fue la rebelión militar del 1 de enero de 1958?


 El primero de enero de 1958 aviones F-86 sobrevolaban Caracas con la intención de bombardear Miraflores y la sede la Seguridad Nacional. Al mismo tiempo, en el cuartel Urdaneta de Catia se alzaron dos unidades blindadas, compuestas por tanques, que partieron hacia Maracay. Mientras, en la guarnición de esa ciudad, las tropas tomaron una emisora de la localidad. Al mando de la rebelión militar se encontraba el coronel Hugo Trejo.Pero una mala coordinación en las estrategias y la falta de comunicación entre las otras guarniciones llevó al fracaso de la insurgencia militar.


¿Cómo fue la dictadura?


 Tras participar en el derrocamiento del presidente Rómulo Gallegos, el 24 de noviembre de 1948, Marcos Pérez Jiménez ocupó el Ministerio de Defensa y formó parte de la Junta Militar de Gobierno, junto a Carlos Delgado Chalbaud y Luis Llovera Páez. El 2 de diciembre de 1952 desconoció los resultados de las elecciones a una Asamblea Nacional Constituyente, que ganó el partido Unión Republicana Democrática (URD), liderado por Jóvito Villalba. Pérez Jiménez, actuando “en nombre de las Fuerzas Armadas”, asumió la presidencia dictatorialmente. Se trató de una dictadura militar, autoritaria y personalista que silenció a las fuerzas de la oposición, ilegalizó a Acción Democrática y al Partido Comunista, prohibió y mantuvo en una semi-legalidad a URD y a Copei; cerró Tribuna Popular del Partido Comunista de Venezuela (PCV) y El País de Acción Democrática (AD), e impuso una rígida censura a la prensa, la radio y la televisión. Durante su mandato muchos opositores fueron perseguidos, torturados, empujados al exilio o encarcelados, sin cargo alguno, o sólo por sospecharse su oposición al Gobierno. 



Para ello se valió de la Seguridad Nacional, una fuerza de policía subordinada a Miraflores. El objetivo de Pérez Jiménez era permanecer en el poder mediante el plebiscito de 1957, lo que produjo la reacción de los partidos políticos y el descontento de las Fuerzas Armadas, que lo habían apoyado hasta entonces. 


¿Cuántos opositores murieron en manos de la SN?


El número exacto de fallecidos a manos del régimen se desconoce. Sin embargo, algunos nombres fueron representativos de la represión brutal de la dictadura: el abogado Leonardo Ruiz Pineda; Antonio Pinto Salinas; Castor Nieves Ríos; el médico Germán González; el abogado Alberto Carnevalli; el teniente León Droz Blanco, los capitanes del Ejercito, Wilfrido Omaña y Jesús Alberto Blanco; entre otros. José Matos Rojas, en su libro Pérez Jiménez y su brutalidad, señala que la cifra de presos políticos llegó a 3000 personas.



¿Qué era la Vaca Sagrada?


 Fue el primer avión presidencial adquirido por un gobierno venezolano. Un Douglas C-54 “Skymaster” que Pérez Jiménez usaba en sus viajes por el país y al exterior. El nombre le viene por las estrictas medidas de seguridad que se tomaron para su protección. Cuentan que los mismos pilotos debían dar un saludo militar al avión cuando pasaban por la rampa.


¿Qué era la Junta Patriótica?







La organización clandestina de lucha contra la dictadura. Para la fecha del derrocamiento de Pérez Jiménez estaba integrada por Silvestre Ortiz Bucaram (AD), Enrique Aristiguieta Gramcko (Copei), Guillermo García Ponce (PCV) y Fabricio Ojeda (URD), quien la dirigía nominalmente, porque el verdadero coordinador en la práctica era García Ponce, del PCV. 


¿Quién fue Fabricio Ojeda?


Un reportero de El Nacional y militante de URD. En la clandestinidad era conocido como “Roberto”. Al caer la dictadura fue electo diputado, pero renunció en 1962 para unirse a las guerrillas de la izquierda contra el gobierno de Rómulo Betancourt, conocidas como Fuerzas Armadas de Liberación Nacional. Tras varios años de clandestinidad fue detenido por el Servicio de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (SIFA) en cuyos calabozos, que quedaban en el Palacio Blanco, murió. El Gobierno presentó su deceso como suicidio. Para la izquierda, fue víctima de torturas y asesinato. 


Más tarde, durante las protestas de los años 60, al pasar frente a Miraflores, los manifestantes gritaban: “En ese quinto piso, mataron a Fabricio”. 




¿Quienes fueron los líderes estudiantiles contra la dictadura?


Germán Lairet, dirigente de la Juventud Comunista, y Américo Martín, de la juventud de AD, entre otros, fueron los fundadores del Frente Universitario en abril de 1957. Pero al poco tiempo, ambos fueron encarcelados y el Frente los sustituyó por Héctor Pérez Marcano y Héctor Rodríguez Bauza; este último tenía mayor experiencia, debido a su militancia en el PCV y por haber ocupado el cargo de secretario general de la Juventud Comunista-Caracas.




¿Por qué los líderes del movimiento de resistencia no estaban en Venezuela?


La persecución que ejercida contra sus opositores obligó que muchos de ellos se fueran del país. Los líderes Rómulo Betancourt (AD), Jóvito Villalba (URD) y a última hora, Rafael Caldera (Copei) se encontraban en Nueva York. Pero no todos los líderes y militantes de los partidos vivían en el extranjero: algunos estaban presos en los sótanos de la SN; otros, luchando desde la clandestinidad.




Fuente: Diario Tal Cual Enero 2011