domingo, 26 de agosto de 2012

SELECCIONAR




Vivimos rodeados, sobrecogidos por la proliferación de palabras, de mensajes, de noticias, que nos desbordan y que en no pocas ocasiones parecen más acecharnos que convocarnos o requerirnos, o que tratan de influirnos, de afectarnos, de llegarnos. Y lo más curioso es que es difícil sustraerse a la impresión de que nos faltan. Y es así. Porque no basta con que existan. Es más, en rigor sólo son tales si los hacemos nuestros. Pero no es fácil elegirlos antes de conocerlos, ni conocerlos lo suficiente como para saber que estamos eligiendo adecuadamente, o al menos lo que preferiríamos. Tampoco es cuestión de pretender establecer una comparación entre todas las posibilidades para quedarnos con la que nos resulte mejor. O bien decidimos antes de conocer, pretendiendo así poder saber, o bien optamos un tanto a ciegas esperando que la cosa nos venga dada, o bien buscamos abarcar lo máximo, esto es del menor modo posible, para tener una mínima idea, antes de ponernos en la cuestión. En definitiva, no parece haber manera de hacerlo si se trata de escoger con un criterio asentado o cuestionable.

Podemos asesorarnos, dejarnos ganar por juicios sensatos, inducir por los precedentes, por la información de que disponemos, por nuestra experiencia, por los indicios, por nuestra intuición o por nuestras preferencias. Pero eso es ya en cierto modo un leer antes de leer, un prever, una anticipación que forma parte del hecho mismo de la elección, una preselección, que también es una selección, no siempre sostenida en un completo y acabado conocimiento. Que seamos decididos, voluntariosos y firmes no significa que no podamos ser influidos. Incluso seducidos. La selección es ya el preludio de la persuasión. La persuasión comporta esta seducción.

Sin embargo, verse permanentemente llamados a dar respuesta no deja de procurarnos la sensación de ser invadidos o asaltados, conminados a aceptar o a rechazar y a tomar posición sobre innumerables asuntos y aspectos, acerca de los cuales por lo visto, y a ser posible en todo caso, hemos de tener criterio. Y si no, al menos, mostrar que estamos dispuestos a hablar sobre ello. Incluso se considera una descortesía no saber, o no conocer bien ciertos detalles de cuanto los demás consideran que forma parte de nuestra órbita. Eso conduce a un desaforado acopio de información, de documentos, de dosieres, de datos, de citas, de argumentos, de textos e de imágenes  que inundan lo que de una u otra forma componen el archivo que trataría de paliar nuestras insuficiencias, sean éstas razonables o no. De vez en cuando nos desprendemos de lo que no parece ser útil o requerido. Es la tarea de limpieza. Previamente ha de pasar por alguna papelera de reciclaje. Pero incluso esa labor comporta una selección. No digamos si se trata de desprenderse definitivamente de algo, ante la posibilidad de que podríamos necesitarlo alguna vez. Seleccionar conlleva el temor del abandono de lo que no ha sido elegido. O el rechazo efectivo de lo que ha sido elegido para ser abandonado. Nunca nos desenvolveremos con esa certeza que parece asegurarnos.
Tal vez por ello tienen que ver concretamente la lectura, la lección y la selección. Y quizá por eso muy pocas veces se habla de la tragedia de la decisión, no sólo desde la convicción de que elegir es renunciar, sino de que elegir es siempre en gran medida convivir con la equivocación, incluso con el error. Es más, este carácter trágico se sostendría en el hecho de que únicamente tras la elección irrumpe con mayor claridad el alcance de lo certero o de lo insensato del camino emprendido. Y la tragedia lo es aún más si la elección es inexorable. 

Aprender a seleccionar es tanto como aprender a mirar, que por cierto es también un modo de elegir. Como lo es asimismo hablar. Permanentemente estamos optando por la palabra preferida, tratando de que sea la adecuada, la precisa, la justa. Y, al hablar, esa operación no suele dilatarse. No menos perseguimos el afecto requerido y la compañía deseada. Tampoco está claro que la situación mejoraría de contar con más espacio o con más tiempo. Al seleccionar, no sólo nosotros convocamos lo que ha de decirse, también se procede al modo de una cierta escucha. Pero de nuevo eso no se reduce a oír. Una y otra vez, a pesar de ser concernidos por algo, afectados por ello, también vamos escogiendo. No sólo leer es elegir, también elegir es leer. Y vivir, en el mejor de los casos es poder elegir.

Podría ocurrir que, dadas las dificultades de la cuestión y de la situación en la que seleccionar nos coloca, sintamos la tentación de refugiarnos en una parcela acotada, en un huerto, en un jardín cuidado y cultivado exclusivamente por nosotros. Ahí trataríamos de protegernos de la posible indigestión provocada por el contaminado sustento que podría procurársenos. Y menos al alcance de las relaciones. Entonces la elección se vería más cernida sobre un ámbito reducido. Del resto, no querríamos ni oír hablar. Así, supuestamente amparados, ocurriría algo peor. Por fin ya habríamos sido constreñidos a un reducto, que es tanto como reducidos. Por evitar seleccionar, habríamos sido seleccionados. Y nuestra posición consistiría en quedar al margen, paradójicamente bien centrados, eso sí en alguna modalidad de marginación. No ha de desconsiderarse esta posibilidad. Pero también en tal caso convendría que fuera una elección. Sin embargo no sería la efectuada por nosotros. Y, de ser así, para evitarlo, al hacerla nos encontraríamos en la misma tesitura, la de seleccionar.

Sólo la adecuada formación, el desarrollo de la libertad de pensamiento, que es también el pensamiento de la libertad, su vivirla y ejercerla, nos preparan para la permanente selección. La que hacemos y la que nos hacen. Y sin esa capacidad de seleccionar, de leer, de aprender a elegir, no eludiremos algún tipo de selección. Esperemos que sea para bien y que no se realice por un darwinismo social, que venga a ser un modo de exclusión.

Ángel Gabilondo




Fuente: http://blogs.elpais.com/el-salto-del-angel/2012/08/seleccionar.html#more

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