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martes, 11 de agosto de 2026

INTELIGENCIA ESPIRITUAL EN TIEMPOS DE CAMBIO




El término inteligencia proviene del latín “intelligentia”, que a su vez deriva de “inteligere”, palabra compuesta por otros dos términos: intus (“entre”) y legere (“escoger”). Por lo tanto, el origen etimológico del concepto de inteligencia hace referencia a quien sabe escoger: la inteligencia permite seleccionar las mejores opciones para solucionar un problema.

Existen tres niveles de inteligencia que un ser humano debería desarrollar para realizarse y vivir la vida con plenitud, en especial en estos tiempos de cambios profundos en nuestra sociedad.


La inteligencia racional u operativa. Es la que se nos enseña en las escuelas: la habilidad de razonar paso a paso e ir tomando decisiones en base a la información que vamos recibiendo. Esta inteligencia nos permite retener datos, procesar la información, relacionarla, e ir resolviendo situaciones prácticas. Sin embargo, aunque una persona tenga un alto cociente de esta inteligencia operativa, eso no significa que vaya a ser capaz de crear unas buenas relaciones afectivas, encontrarle un sentido a la vida o ser más feliz.


La inteligencia emocional es la capacidad para reconocer los sentimientos propios y ajenos, y la habilidad para manejarlos. El término fue popularizado por Daniel Goleman, con su célebre libro: Inteligencia emocional. Goleman estima que la inteligencia emocional se puede organizar en cinco capacidades: conocer las emociones y sentimientos propios, manejarlos, reconocerlos, crear la propia motivación, y gestionar las relaciones. Con esta inteligencia desarrollamos ciertas capacidades personales para resolver problemas que afectan a nuestras relaciones o la buena convivencia social.


La inteligencia espiritual: Danah Zoar (estudió física y filosofía y luego psicología y teología en Harvard) y su esposo Ian Marshall (psiquiatra), vinculan el concepto “espiritualidad” con el de “inteligencia”.

Dicen que Inteligencia Espiritual es la “…inteligencia con la que afrontamos y resolvemos problemas de significados y valores; la inteligencia con que podemos poner nuestros actos y nuestras vidas en un contexto más amplio, más rico y significativo; la inteligencia con que podemos determinar que un curso de acción o un camino vital es más valioso que otro. La Inteligencia Espiritual es la base necesaria para el eficaz funcionamiento tanto del Cociente Intelectual como de la Inteligencia Emocional. Es nuestra inteligencia primordial”.

También sería la capacidad de dar una respuesta a la pregunta: ¿Quién soy?, de encontrar un sentido profundo a la vida y permanecer alineado con los principios espirituales.

Las características que definen una alta Inteligencia Espiritual incluyen (entre otras):
Capacidad de ser flexible (activo y espontáneamente adaptable).

Permanecer pacifico y estable con independencia de cuáles sean las circunstancias.

Poseer un alto nivel de conciencia de sí mismo. Capacidad de afrontar y usar el sufrimiento para aprender y crecer.

Capacidad de afrontar y trascender el dolor.

La cualidad de ser inspirado por visiones y valores.

Concentrar la mente en pensamientos elevados.

Tener sentimientos nobles y compasivos hacia todos los seres humanos.

Marcada tendencia a preguntar “¿Por qué?” o “¿Y si?” y a pretender respuestas fundamentales.

Comprender el sentido de la obra de la vida.

Visión holística del mundo.

En la dimensión espiritual, hay cuatro niveles de conocimiento que se necesitan desarrollar para progresar:

Información: Requiere de las capacidad de escuchar, tener curiosidad e interés en aprender. Es necesario tener una mente abierta. Estar atentos. Necesitamos escuchar nuevas ideas porque de esta forma podemos desarrollar nuevas perspectivas.

Conocimiento: adquirir conocimiento espiritual significa reflexionar. Selecciono algunas de estas ideas y profundizo en su significado, ya que necesito entender. Sin entendimiento no habrá motivación para ponerlo en la práctica.

Sabiduría: Aplico las enseñanzas espirituales en mi vida. Adopto un compromiso: utilizar ese entendimiento en la acción. Aprendo a utilizarlo cuando surgen dificultades y problemas. La persona sabia sabe transformar el conocimiento en acción.  Sabe utilizar las virtudes y los valores para resolver cualquier conflicto.

Verdad: ¿qué es la verdad? La verdad es Ser. Yo soy eso. La verdad por ejemplo es vivir plenamente consciente de que soy paz, soy paciente, soy tolerante, soy compasivo. Hay algo estable que he sabido crear en mi interior, más allá de los cambios y las influencias de las situaciones externas.
Cuando pensamos en una nueva conciencia en nuestra sociedad, o de retornar a algo original, eso también significa desarrollar unos nuevos valores. Tal y como dijo el autor francés André Malraux,“El Siglo XXI será espiritual, o no será”. Uno de los problemas en el mundo actual es que los valores son excesivamente materialistas o superficiales y esto no permite que el ser humano sea feliz, pacifico y tenga un propósito en su vida.

¿Qué son los valores?

Los valores son un nivel o una ética de cómo vivir. Los valores dan una dirección a la persona o a una sociedad, y también dan un sentimiento de identidad. Los valores son muy importantes, tanto para el individuo como para los países. Hay diferentes tipos de valores: personales, sociales y espirituales. Algunas veces van los tres de la mano, pero no siempre. Los valores políticos o religiosos están englobados en la categoría de valores sociales. Lo espiritual puede estar en lo religioso  y en lo social, pero no necesariamente. Lo que sucede con los valores espirituales es que con el transcurrir del tiempo se convierten en algo rutinario, no se practican, y pasan a convertirse en una tradición, es decir, se vuelven superficiales.

¿Qué queremos decir cuando hablamos de valores espirituales? Son cualidades como la tolerancia, la compasión, el respeto, el perdón o la humildad. Conocemos muchas de estas virtudes pero no las practicamos. Se convierten tan solo en un valor social o religioso, pero no son realmente un valor espiritual en la gran mayoría de nuestra sociedad. Para que un valor sea espiritual ha de ser práctico y practicado. Lo sabemos pero no lo hacemos, lo oímos pero no lo escuchamos correctamente. Así que una nueva conciencia significa retornar al entendimiento personal y la práctica de estos valores espirituales.

La persona que ha desarrollado su inteligencia espiritual ha descubierto un nuevo lenguaje, el silencio, y se da cuenta que la vida tiene un sentido más profundo y trascendente. Experimenta su dimensión espiritual, se conecta con sus valores más auténticos, sabe reconocer la importancia de sus pensamientos y del impacto que éstos crean en su entorno. La inteligencia espiritual es aprender a mirar en nuestro interior y crear paz y silencio en la mente. A través del silencio podemos conocernos en profundidad, y conocer mejor a los demás. También me permite saber quién soy, clarificar mi identidad espiritual y el propósito de mi existencia.

@gantillano 









lunes, 23 de febrero de 2026

NECESITAMOS UN CAMBIO






Necesitamos un cambio, una conversión relacional radical. Convocar a la reciprocidad desde la diferenciación, desde el mutuo re-conocimiento. Exijamos la aceptación de la diferencia.

Es necesario reconocer la energía que brota de los opuestos, de la multiplicidad y de saber situar los contrarios, y dialogar con lo distinto. Es un proceso terapéutico arduo, trabajoso y gratificante a la vez, que lleva a una nueva relación más espontánea e igualitaria.

Desde las necesidades de este mundo, desde la ética y la teología comencemos a reclamar más y más la misericordia, la piedad, la fidelidad, la ternura, la vulnerabilidad, la compasión, el cuidado de la vida..., actitudes y expresiones del alma equilibrada, que apuntan a la esperanza de una posible curación relacional. El "derecho de la misericordia", "la solidaridad compasiva", "la ética de la piedad", la necesidad de unas relaciones en las que el amor y la ternura se expliciten..., expresan algo más que un vago deseo en algunos sectores minoritarios.

Soñemos una nueva era donde la sensibilidad emerge como un llamado a sustituir la agresividad competitiva por la compasión solidaria, donde el espíritu de colaboración sustituya a la orgullosa competencia.

Necesitamos un cambio espiritual y cultural que afecte profundamente a las relaciones y a la comunicación humana; una forma de interrelacionarnos cualitativamente distinta.

Es el paso de la "verticalidad" jerárquica a la vivencia más "horizontal" y solidaria de las relaciones; el paso de la "complementariedad" a la alteridad y el reconocimiento en la diferencia. Es nuestra responsabilidad individual y colectiva hacer una aportación indeclinable para el bien de toda la creación y de la humanidad completa; es, pues, necesario que nuestra voz sea escuchada y nuestra compañía aceptada y comprendida. Es necesario también entrar con humildad y valentía en ese proceso de purificación y re-creación.

Una ética realista y universal reclama un cambio básico, una conversión total de las relaciones ya muy deterioradas y empobrecidas, como primer instrumento de paz y concordia en la justicia.

Exigimos el restablecimiento de unas relaciones fraternas y justas queridas por Dios y a las que toda la creación tiene derecho, y ofrecemos la mano de la reconciliación y cooperación. Esto es mucho más que una reivindicación interesada, es una denuncia alertadora y urgente para bien de toda la humanidad y de toda la creación. Porque nuestro país y nuestra comunidad necesitan una sanación física y espiritual.


@gantillano






martes, 14 de julio de 2020

¿QUÉ TE HA OCURRIDO?... PENSÉ





“Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos.

«¿Qué me ha ocurrido?», pensó.”



La Metamorfosis (fragmento)
Franz Kafka




sábado, 22 de febrero de 2020

TIEMPO DE CARNAVAL



El Carnaval es simbólicamente una festividad para despedirse de los placeres mundanos, de la carne, antes que llegue la cuaresma, por ende, el carnaval es en realidad un periodo de limpieza. En algunas culturas se acostumbra el ayuno para limpiar tanto el alma como el cuerpo, no es por casualidad que los carnavales se han relacionado tanto con el agua, los baños tan frecuentes en los juegos de niños para estas fechas son una representación de este proceso.

Una de las curiosidades de esta festividad es que algunos autores consideran que para la sociedad rural, fuertemente estructurada por el cristianismo, el tiempo de «carnestolendas» ofrecía mascaradas rituales de raíz pagana y un lapso de permisividad que se oponía a la represión de la sexualidad y a la severa formalidad litúrgica de la Cuaresma.

Lo cierto es que sin duda este es un momento para buscar re-encontrase con su pasado y descubrir que se quiere llevar al futuro. En sus orígenes, los disfraces del carnaval no eran más que el vestirse con las ropas viejas (propias o ajenas) que se encontraban en los baúles durante la limpieza anual.

Es que necesitamos también urgentemente sanear nuestra alma. Cambiar de alma por unos cuantos días para ventilar nuestro espíritu. Necesitamos emigrar a otras formas de personalidad y conducta, para que cuando retomemos la nuestra, nos alegremos de recuperarla.

@gantillano


martes, 17 de diciembre de 2019

NECESITAMOS UN CAMBIO






Necesitamos un cambio, una conversión relacional radical. Convocar a la reciprocidad desde la diferenciación, desde el mutuo re-conocimiento. Exijamos la aceptación de la diferencia.

Es necesario reconocer la energía que brota de los opuestos, de la multiplicidad y de saber situar los contrarios, y dialogar con lo distinto. Es un proceso terapéutico arduo, trabajoso y gratificante a la vez, que lleva a una nueva relación más espontánea e igualitaria.

Desde las necesidades de este mundo, desde la ética y la teología comencemos a reclamar más y más la misericordia, la piedad, la fidelidad, la ternura, la vulnerabilidad, la compasión, el cuidado de la vida..., actitudes y expresiones del alma equilibrada, que apuntan a la esperanza de una posible curación relacional. El "derecho de la misericordia", "la solidaridad compasiva", "la ética de la piedad", la necesidad de unas relaciones en las que el amor y la ternura se expliciten..., expresan algo más que un vago deseo en algunos sectores minoritarios.

Soñemos una nueva era donde la sensibilidad emerge como un llamado a sustituir la agresividad competitiva por la compasión solidaria, donde el espíritu de colaboración sustituya a la orgullosa competencia.

Necesitamos un cambio espiritual y cultural que afecte profundamente a las relaciones y a la comunicación humana; una forma de interrelacionarnos cualitativamente distinta.

Es el paso de la "verticalidad" jerárquica a la vivencia más "horizontal" y solidaria de las relaciones; el paso de la "complementariedad" a la alteridad y el reconocimiento en la diferencia. Es nuestra responsabilidad individual y colectiva hacer una aportación indeclinable para el bien de toda la creación y de la humanidad completa; es, pues, necesario que nuestra voz sea escuchada y nuestra compañía aceptada y comprendida. Es necesario también entrar con humildad y valentía en ese proceso de purificación y re-creación.

Una ética realista y universal reclama un cambio básico, una conversión total de las relaciones ya muy deterioradas y empobrecidas, como primer instrumento de paz y concordia en la justicia.

Exigimos el restablecimiento de unas relaciones fraternas y justas queridas por Dios y a las que toda la Creación tiene derecho, y ofrecemos la mano de la reconciliación y cooperación. Esto es mucho más que una reivindicación interesada, es una denuncia alertadora y urgente para bien de toda la Humanidad y de toda la creación. Porque nuestro País y nuestra Comunidad necesitan una sanación física y espiritual.


@gantillano







domingo, 3 de marzo de 2019

TIEMPO DE CARNAVAL



El Carnaval es simbólicamente una festividad para despedirse de los placeres mundanos, de la carne, antes que llegue la cuaresma, por ende, el carnaval es en realidad un periodo de limpieza. En algunas culturas se acostumbra el ayuno para limpiar tanto el alma como el cuerpo, no es por casualidad que los carnavales se han relacionado tanto con el agua, los baños tan frecuentes en los juegos de niños para estas fechas son una representación de este proceso.

Una de las curiosidades de esta festividad es que algunos autores consideran que para la sociedad rural, fuertemente estructurada por el cristianismo, el tiempo de «carnestolendas» ofrecía mascaradas rituales de raíz pagana y un lapso de permisividad que se oponía a la represión de la sexualidad y a la severa formalidad litúrgica de la Cuaresma.

Lo cierto es que sin duda este es un momento para buscar re-encontrase con su pasado y descubrir que se quiere llevar al futuro. En sus orígenes, los disfraces del carnaval no eran más que el vestirse con las ropas viejas (propias o ajenas) que se encontraban en los baúles durante la limpieza anual.

Es que necesitamos también urgentemente sanear nuestra alma. Cambiar de alma por unos cuantos días para ventilar nuestro espíritu. Necesitamos emigrar a otras formas de personalidad y conducta, para que cuando retomemos la nuestra, nos alegremos de recuperarla.

@gantillano


jueves, 3 de enero de 2019

TODOS AYUDAMOS A CREAR EL TOTALITARISMO






Václav Havel

Discurso de investidura el 1 de Enero de 1990. La República Checa vuelve a ser Libre.


Vivimos en un entorno moral contaminado.

Nuestra moral enfermó porque nos habíamos acostumbrado a expresar algo diferente de lo que pensábamos. 

Aprendimos a no creer en nada, a hacer caso omiso de los demás, a preocuparnos sólo por nosotros mismos.



Conceptos como amor, amistad, compasión, humildad o perdón perdieron su profundidad y sus dimensiones, y para muchos de nosotros pasaron a representar tan sólo singularidades psicológicas. Nos parecían recuerdos extraviados de una época ancestral, algo ridículos en la era de las computadoras y las naves espaciales.

Sólo unos pocos fuimos capaces de alzar nuestras voces para gritar que los poderes nunca deberían haber sido todopoderosos; que las granjas especiales, que producen alimentos ecológicamente puros y de la mejor calidad sólo para esos poderes, deberían haber enviado sus productos a escuelas, hogares infantiles y hospitales, ya que nuestra agricultura era incapaz de ofrecérselos a todo el mundo.

El régimen anterior -armado con su ideología arrogante e intolerante-redujo el hombre a una fuerza productiva y la naturaleza a una herramienta de producción. Al hacerlo, atacó tanto a la esencia misma de ambos como a la relación que los une. Redujo personas autónomas y de gran talento, que trabajaban con destreza en su propio país, a tuercas y tornillos de una maquinaria monstruosamente enorme, ruidosa y pestilente, cuyo significado real nadie comprende.

Esta no puede más que desgastarse lenta pero inexorablemente, tanto a sí misma como a todos sus tornillos y sus tuercas. Cuando hablo de un entorno moral contaminado, no hablo sólo de esos caballeros que comen verduras orgánicas y no miran al exterior desde su ventana. Hablo de todos nosotros.

Todos nos habíamos acostumbrado al sistema totalitario, lo habíamos aceptado como un hecho inalterable y, por tanto, contribuíamos a perpetuarlo. Dicho de otro modo, todos nosotros -si bien, naturalmente, en diferente grado-somos responsables del funcionamiento de la maquinaria totalitaria; nadie es sólo su víctima, todos somos partícipes también de su creación.

¿POR QUÉ DIGO ESTO? 

Sería muy poco razonable entender el triste legado de los últimos cuarenta años como algo ajeno a nosotros, algo que nos ha dejado en herencia un pariente lejano. Por el contrario, debemos aceptar este legado como un pecado que cometimos contra nosotros mismos. Al aceptarlo como tal, comprenderemos que es responsabilidad nuestra, y de nadie más, hacer algo al respecto.

No podemos culpar de todo a los gobernantes anteriores, no sólo porque sería falso, sino también porque podría adormecerse el deber al que cada uno de nosotros se enfrenta hoy, es decir, la obligación de actuar con independencia, con libertad, de forma razonable y rápida.

No nos equivoquemos: el mejor gobierno del mundo, el mejor Parlamento y el mejor presidente no pueden lograr mucho por sí solos. Sería igual de erróneo esperar un remedio general que tan solamente procediera de ellos. La libertad y la democracia implican la participación y, por tanto, la responsabilidad de todos nosotros. Si somos conscientes de esto, todos los horrores que heredó la nueva democracia checoslovaca dejarán de parecernos tan terribles.

Si somos conscientes de esto, en nuestro corazón renacerá la esperanza. Al realizar el esfuerzo necesario para enderezar los asuntos de interés común, tenemos algo en qué apoyarnos. Estos últimos tiempos -y, en especial, las últimas seis semanas de nuestra pacífica revolución-han develado el enorme potencial espiritual, moral y humano, así como la cultura cívica, que estaban dormidos en nuestra sociedad bajo la máscara impuesta de la apatía.

Cada vez que alguien declaraba categóricamente que éramos esto o lo otro, yo siempre objetaba que la sociedad es una criatura muy misteriosa y que no es sabio confiar tan sólo en la cara que te presenta.

Me alegra ver que no me equivocaba. En todo el mundo, la gente se pregunta dónde encontraron los ciudadanos de Checoslovaquia, dóciles, humillados, escépticos y cínicos en apariencia, esa fuerza maravillosa para deshacerse de la carga del yugo autoritario en pocas semanas y de una forma pacífica y decente. Preguntémonos de dónde sacó la gente joven, que nunca había conocido otro sistema, el deseo de alcanzar la verdad, el amor por el pensamiento libre, sus ideas políticas, su valor cívico y su prudencia cívica. ¿Cómo fue que sus padres -esa generación que se consideraba perdida-se unieron a ellos? ¿Cómo es posible que tantísima gente supiera de forma inmediata qué hacer, y que ninguno de ellos necesitara consejos ni órdenes? Masaryk basó su política en la moralidad. Intentemos, en una nueva época y de una forma nueva, restaurar ese concepto de política. Enseñémonos, y enseñemos a los demás, que la política debería ser la expresión del deseo de contribuir a la felicidad de la comunidad en lugar de la necesidad de engañarla o expoliarla.

Enseñémonos, y enseñemos a los demás, que la política no sólo puede ser el arte de lo posible, en especial si esto implica el arte de la especulación, el cálculo, la intriga, los tratos secretos y las maniobras pragmáticas, sino incluso también el arte de lo imposible, el arte de mejorarnos a nosotros y mejorar el mundo.

Tenemos por delante unas elecciones libres y una campaña electoral. No permitamos que esta lucha mancille el rostro hasta la fecha limpio de nuestra apacible revolución. No permitamos que las simpatías del mundo, que tan de prisa nos hemos ganado, se pierdan con la misma rapidez enredándonos en la jungla de las escaramuzas por el poder. No permitamos que el deseo de servir a uno mismo prospere de nuevo bajo la bella máscara del deseo de servir al bien común. Lo que ahora importa de verdad no es qué partido, qué club o qué grupo prevalecerá en las elecciones. Lo importante es que los ganadores sean los mejores de entre nosotros, en el sentido moral, cívico, político y profesional, sea cual sea su afiliación política.

Las políticas y el prestigio futuros de nuestro Estado dependerán de las personalidades que seleccionemos y elijamos después para nuestros organismos representativos. En conclusión, me gustaría decir que quiero ser un presidente que hable menos y trabaje más. Ser un presidente que no sólo mire al exterior desde la ventanilla de su avión, sino que, en primer lugar y ante todo, esté siempre presente entre sus conciudadanos y los escuche con atención.

Puede que se pregunten con qué tipo de república sueño. Dejen que les responda: sueño con una república independiente, libre y democrática, una república económicamente próspera y, no obstante, socialmente justa. En pocas palabras, una república humana que sirva al individuo y que, por tanto, albergue la esperanza de que el individuo la sirva a ella a su vez. Una república de personas enteras, porque sin ellas es imposible solucionar ninguno de nuestros problemas, ya sean humanos, económicos, medioambientales, sociales o políticos.

El más distinguido de mis antecesores comenzó su primer discurso con una cita del gran pedagogo checo Comenio. Permítanme concluir mi primer discurso con mi propia paráfrasis de la misma afirmación: ¡Pueblo, han recuperado su gobierno!